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“Que Jonás es Jonás y es hijo de, y nosotros somos más bien hijos de puta, en todos los sentidos.” Esto me dijo X justo después de ver la película que seguramente será una de las películas de nuestra generación. De esta generación que no tenía derecho a la ideología ni a la nostalgia, de esta generación desahuciada, de esta generación que nació después del fin de una raza. De los ilusos.

X tenía razón, Jonás es hijo de quien es, y de ahí la inquina disfrazada de crítica, tan dolorosa, tan razonada, tan española y tan nuestra. Mala baba inherente a nuestra condición de imperio venido abajo. De ahí y de aquéllos, mas leídos, que sin citar a Trueba padre hacen la lista de todos los autores franceses que se saben de carrerilla: Rohmer, Truffaut, Godard, Rivette, Garrel. Y todo sin mencionar la cita mas evidente y que tiene menos que ver con la política autoral de los Truffaut, Rohmer, Godard etc… Elle a pasé tant d’heures sous les sunlights (Garrel,1985), o citando al Doinel de Truffaut sin citar al de Jean Eustache.  Da igual, lo importante es demostrar que hemos visto las películas, que conocemos los nombres y sobre todo, que Jonás es hijo de… Es hijo de tantas películas, de tanta gente y que nosotros somos una generación de hijos de puta.  ¿Y qué mas da? Si, por mucho y por muy rápido que avancemos, nunca habremos corrido delante de los grises, si por más que lo intentemos,  solo dejaremos el rastro de una herencia rancia, la traza del alcanfor en una ropa prestada.

Quizá y solo quizá, es por eso por lo que Los ilusos juega con la mirada hacia un cine primitivo, hacia un cine donde todo, incluso la esperanza, era posible. Ellos, los ilusos (lo siento, me cuesta mucho, viendo esta película, pensar en un autor al estilo de la nueva ola francesa y no pensar en un colectivo, que Jonás me perdone) inventan un origen apátrida y disperso que adopta diferentes formas: la de una película virgen -nunca el diccionario fue tan poético, tan preciso con una calificación técnica- de 16 mm, la de una pila de VHS encontrados en cualquier lugar, la de los pies de unas niñas, o la forma de ese  último beso de la mañana después del amor. Sobre el asfalto de una ciudad que tiembla. Madrid. Atenas. Lisboa. Poco importa.

Escribo esto desde una ciudad europea, una de ésas que antes se alineaban con las nuestras. Antes, cuando nosotros también fuimos Europa, y el Madrid de los ilusos me parece, más que nunca, una ciudad atómica. No nuclear, no apocalíptica. Atómica. Cuando, según el diccionario de la Real Academia, atómica significa la parte mínima de una substancia. Lo particular, lo esencial, lo inaprensible.

Madrid, tan ajena y tan propia al mismo tiempo. Esa ciudad que podría ser todas las ciudades o ninguna salvo ella misma. Una ciudad vaciada en la que de repente todos creemos haber amado, en donde creímos ser amados. Aunque esto no haya sucedido nunca, aunque esas calles no sean más que la sinécdoque de un todo indefinible, de un sentimiento de pertenencia a un parte más grande, aunque aun no sepamos muy bien cuál.

Y quizá esa parte no sea más que el todo contradictorio que describe una generación, con lo que ello tiene de individual y de colectivo. De sentimiento de soledad y de pertenencia a un grupo. Una generación perdida, narcisista, dispersa, silenciosa, descreída… como hemos oído tantas veces. Pero también una generación controvertidamente revolucionaria. Una generación ilusa. Una generación  bastarda que surge tras el desastre y en medio de la nada, cuando todo es posible, incluso creer. Una generación atómica.

Y esa generación es la que yo veo, la que X vio en Los ilusos. Una película que dialoga con la ingenuidad de un cine que nunca fue mudo sino no hablado. Un poema, un balbuceo. Y a ese cine-lengua-de-trapo, a esa última imagen atómica y esperanzadora de la generación que quedará cuando nosotros ya no creamos en nada, sólo se me ocurre añadirle unas palabras ( ¿a caso una continuación?) que Denis Lavant le dice a Mireille Perrier en Boy meets girl de Leos Carax (1984).

 

http://www.youtube.com/watch?v=DoeGYp0HOC8

 

Él

Je suis cinéaste (Soy cineasta)

Ella

Pour le cinéma ou pour la vidéo?  (¿de cine o de video?)

Él

Non, pour l’instant je veux que des titres que je voudrais faire. (No, por ahora solo veo los títulos de lo que me gustaría hacer).

Los ilusos

Autor: Elena
Publicado en:

Estos frames pertenecen al documental Deux de la Vague (Two in the Wave), 2010, de Emmanuel Laurent, es la historia de una amistad, la de Jean-Luc Godard y Francois Traffaut. Su pasión por la películas les hizo juntarse, y también separarse.

He expropiado estos fotogramas de la película porque creo que ilustran muy bien un conflicto interno que desde hace tiempo vivimos, al leerlo te da miedo que algo así te pueda llegar a pasar. No deja de ser un conflicto permanente entre el cine político o hacer cine políticamente, la sombra de la duda que debe sobrevolar a cualquier cineasta y una discusión que no dejaremos de tener nunca.

Autor: Lol
Publicado en: expropiaciones lacasinegra vs Las democracias caducas

Antes de Godard, de Rohmer, de Besos Robados o de Bresson, mi acercamiento al cine francés de la segunda mitad del siglo XX fue a través de Fahrenheit 451, la adaptación de François Truffaut del clásico de la literatura de ciencia ficción de Ray Bradbury. Había leído el libro antes, y la vi, no porque me interesara Truffaut, sino por pura curiosidad. En aquel momento me decepcionó aquel tono naïve de la película, ese gusto por lo inverosímil, tratado con sutileza en el libro, aquí se convertía en algo grotesco, salpicando la película de momentos hilarantes como, por ejemplo, esa pregunta de la vecina a Guy Montag, el bombero protagonista “¿Es verdad que los bomberos antes apagaban fuegos?” y su respuesta “¡Que tontería!”, o la escena en la que la mujer de Guy Montag se dispone a participar en un programa televisivo interpretando un papel sentada en el sofá de su casa. Ver el resto de la entrada »

Autor: Carlos
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