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Sofia Loren llega tarde a la proyección, ya no hay periodistas flanqueando la alfombra, tan solo algún papel rodando sobre el tapiz y el sonido de las banderas del festival ondeando. Desde dentro del Palais du Festival resuenan los primeros acordes de la película que se presenta. Sofia llega tarde porque aprovechó para pasear a su perro Cucci, un bulldog francés. Con una mano intenta atar a Cucci a una de las vallas de contención que los equipos de seguridad han instalado en la entrada y con la otra sujeta su pamela que ha estado a punto de salir volando tras un golpe de viento. Una vez se asegura de que Cucci está bien amarrado enfila hacia las escaleras para entrar en la sala del palacio. Cucci observa como se aleja, sube las escaleras, entra por la puerta y se desvanece.

Esta imagen de Sofia Loren a la carrera, intentando llegar a tiempo a lo que sabe que es su deber, estar en la proyección, es lo que se me vino a la cabeza al ver esta foto (que creemos que hizo Diego Batlle, crítico de cine argentino) de unos perros sobre la alfombra roja del festival de Cannes.

Y esa es, probablemente, la imagen que debamos tener del festival. Esa bella actriz que aún conserva su glamour intacto, para la que el cine ha dejado de ser una preocupación pero que no puede evitar que sea su vida, que sube las escaleras apresurada para ver quizás sí o quizás no su última película. Porque, queramos o no, Cannes es cine, el que hemos vivido hasta ahora, con el que crecimos y aprendimos, con el que aún vivimos y disfrutamos y del que aún aspiramos a vivir sus últimos coletazos mientras, desde la vanguardia, lo atacamos vilmente para destruirlo y por fín clamar al cielo aquello de “El cine ha muerto, ¡Viva el cine!”

Autor: Carlos
Publicado en: culturas libres
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