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Hace unos días, Gabriel pedía un rifle que le salvara, que le comunicara con una generación que alcanzaba su final. Quizá la única forma de salvación posible. Quizá. Quién sabe.

Hoy he visto que en el spot de Campofrío para (¿celebrar?) la navidad, Candela Peña dice que “exportamos la generación más preparada de la historia”. Exportados. Como el salchichón, como las naranjas. A lo que una joven que arrastra una maleta responde que volveremos…¿Volveremos?

Cierro los ojos y aparece una imagen verde y titilante en un televisor de rayos catódicos. 1985, Felipe González anuncia que España entra en la Unión europea. 1989, veo gente que recoge los restos de una frontera de cemento. Cierro los ojos de nuevo y veo a Cobi y veo a Curro y veo una flecha improbable encender una llama. Y todo parece de cartón piedra, pero huele a nuevo. Huele a cemento. Huele a futuro. Cierro los ojos y veo cientos de estudiantes, de padres y de profesores celebrando las bondades del programa erasmus. También hay reportajes sobre ello en la televisión.

Cierro los ojos, y escucho a mi padre intentando explicarme que éste no, no era el país que ellos querían para nosotros.

Me pide perdón y dice que todo lo que me ha enseñado no sirve para nada. Me dice que siente dejarme una maleta y una España de la posguerra. Yo intento entenderlo, y vuelve esa secuencia de imágenes que he ido archivando a lo largo de los noventa bajo la etiqueta de Europa, y me pregunto en qué momento dejamos de celebrar el flujo libre de personas para hundirnos en el complejo del exilio. En qué momento dejamos de ser promotores del viaje para convertirnos en productos exportados. Para devenir naranjas, salchichón.

¿Encontraremos algún día ese rifle que nos salve?

Y como no soy capaz de responder, me pregunto de nuevo si volveremos. ¿Volveremos? ¿Volveremos? ¿Volveremos? ¿Volveremos? Y esa palabra se queda anclada en mi cabeza, y ya sé que se quedará por mucho tiempo.

Otros me han dicho que huir es de cobardes y que ahora hay que quedarse a resistir la tormenta como los otros. Que ahora no. No es el momento de irse. O no lo dicen pero lo insinúan.

Entonces, busco en el diccionario las diferencias entre: Inmigración, exilio, destierro. Y descubro una que me calma, aunque no sé si existirá de verdad. La emigración golondrina. Según la RAE: es aquélla en que el emigrante no va a establecerse en otro país, sino a realizar en él ciertos trabajos, y después vuelve a su patria. Alguien me ha advertido después, que la golondrina sólo vuelve al nido si sobrevive.

http://www.youtube.com/watch?v=8jVIW-ZIby4

Miro estas imágenes de los inmigrantes españoles de los años 60 llegando a Suiza, ese país en el que he vivido durante 5 años. En el documental cuentan que los españoles llegaban a la frontera tras 15 horas de tren y aguardaban colas interminables, paralizados por la incertidumbre de no saber si pasarían al otro lado. Aterrados. Y que aterrados entraban en ese país que para ellos sólo era “el de los coches bonitos, el de la cruz roja, el de la prosperidad”. En la maleta: un licor del país, un chorizo y las fotos del pueblo que dejaban, sin saber cuando volverían.

Intento explicarle a mi padre que, pese a todo, ni el país que yo dejo, ni mi maleta, son los mismos que los que dejaron ellos. Y que en su pena y en el llanto de los otros, hay un rastro de cinismo. Pero creo que no me escucha. Tengo la certeza de que no me escucha.

Y yo, sólo puedo decirle, que ya no respondo por el nombre que me puso. Que hoy, mi patria es una patria de piedras que se deshacen sobre la arena. Y que mi nombre, es como el nombre de los otros.

“¿Qué quién soy? Me llamo Pedro Páramo como todo el mundo. Mi familia es aire y yo soy la mezcla de las voces y recuerdos de distintos muertos.”

Autor: Elena
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