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Acaba de empezar el último año del fin del mundo. O el último de los finales del mundo que conocemos. Que creíamos conocer. Este 2012 sólo tiene 11 días y ya nos ha dejado la ausencia de Punto de Vista, la ausencia de Ramoneda al frente del CCCB y, la gota que colma el vaso, la ausencia de José Luis Cienfuegos al frente del Festival de Gijón. O lo que es lo mismo: la ausencia del festival de Gijón.

En este 2012 muchos de nosotros pasamos a la treintena y sólo ahora estamos empezando a despertarnos de este sueño de mentira que nos contaron nuestros padres. Esos que se inventaron a Naranjito, que hicieron la modélica transición, que se olvidaron de escribir en nuestros libros de texto que Franco instauró una dictadura durante 40 años y no una autarquía, esos que nos enviaron a clases extraexcolares de inglés, esos que nos pagaron estudios en el extranjero…esos a los que tenemos que agradecerles muchas cosas pero no que nos dijeran que otra España era posible. Porque no, porque es mentira. Porque aún estamos, si es que algún día dejamos de estarlo, en un país de pandereta. De hambre y de pobreza. Y no de la que impone en FMI sino de la otra, de la mental, de la que tiene mala cura, de la de Unamuno.

Lo de indignarse estuvo bien. Twitteamos, facebookeamos, filmamos… pero hoy nosotros no estamos indignados, estamos con una mala hostia acumulada, amarga y muy antigua. Sin paliativos, sin buenas palabras, sin ganas de dar nuevas oportunidades ni de otorgar ningún beneficio a las dudas. Estamos de muy mala hostia al comprobar que no sólo tenemos que enfrentarnos a un país en crisis sino a la evidencia de que el país que nos prometieron es un país de mentira(s). Un país donde las políticas culturales son cada vez más políticas y cada vez menos cultura, donde los modelos que nos han ayudado a construir el pensamiento de la generación inquieta que somos hoy como el CCCB de Ramoneda o el FIC XIXON de Cienfuegos ya no tengan cabida. Un país que será de otros, pero no desde luego el nuestro, el que queremos y por el que deberíamos luchar.

Menos mal que éramos nosotros esa generación descreída, ignorante, sin valores y eminentemente pop (sería por lo de Naranjito), menos mal que los padres de la democracia, aún estaban aquí para enseñarnos. Menos mal que no somos nosotros los que tomamos decisiones y establecemos políticas (culturales o de las otras). Menos mal, porque quizá en ese caso no se nos habría olvidado que existe una diferencia entre el color de un partido y los puestos técnicos que trabajan para un servicio público, se nos habría olvidado que existe una diferencia entre la profesionalidad y el cinismo, entre la ética y la política. Y no se nos habría olvidado porque lo tenemos aún muy fresco (creo que eso de la separación de poderes, la educación y la sanidad pública y gratuita y el valor capital de la cultura en una “nueva sociedad de españoles” sí que lo leímos alguna vez en la EGB) o porque quizá nosotros sí que llegamos a creer que otro país era posible.

Autor: lacasinegra
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