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Había escrito un texto largo y comprometido sobre la puesta en escena que marca un punto de inflexión entre los procesos revolucionarios y los democráticos (las comillas necesarias entre uno y otro, a gusto del consumidor).

Seguramente lo escribí pensando en el vídeo del comunicado de ETA en el que anunciaba el cese definitivo de la violencia y en el vídeo de la muerte de Gadafi. Quizá porque ando obsesionada últimamente con la relación entre el terrorismo y las revoluciones, con la fina línea que delimita a uno del otro en función de cómo se lean sus imágenes. Pero después, investigando por ahí, me he dado cuenta de que cualquier cosa que fuera a decir ya estaba dicha antes y mejor.

Así que he decidido quedarme sólo con una imagen de todo esto, mucho menos polémica que el linchamiento del cadáver de Gadafi pero, a mi juicio, más perturbadora. Es esta foto escaneada que no he sido capaz de encontrar en la red (siento mucho que la calidad no sea óptima). Es una foto en la que Fidel Castro contempla el retrato de la hija preferida del Coronel Gadafi. Hana, que fue asesinada por un bombardeo de los Estados Unidos en 1986 y en cuyo honor, se contruyó un mausoleo que mantenía intacta la cuna donde había muerto. Hasta ahí todo podría paracer simplemente un poco macabro y hasta romántico. Hasta que este verano el diario alemán Die Welt publicara que Hana nunca murió y que, además, ejercía como cirujana en un hospital de Trípoli.

Esta foto y otras que publicaba el diario Libération el pasado sábado son mucho más elocuentes que todo lo que he leído sobre el poder de las imágenes y la construcción de la memoria de los pueblos. Fidel Castro contemplando la foto de una niña muerta que, seguramente, lo estaría esperando para una recepción en palacio me deja, literalemente, sin palabras.

Autor: Elena
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Hace poco Carlos hizo una nueva expropiación para lacasinegra que consistía en un montaje encadenado de todas las puertas que aparecen en Ordet (Dreyer, 1955). Según él esta pieza es sólo una manera de subrayar aquéllo que más le llamaba la atención de la película. Para mí, sin embargo, es mucho más que eso, porque la expropiación #11 me ha recordado que ver una película es siempre una inquietante experiencia que bascula entre el placer individual y las miradas colectivas.

Lo que Carlos propone no es sólo una revisitación sobre el uso de los espacios y del montaje, no es (al menos no exclusivamente) una muestra más de cómo la ordenación, el ritmo y la duración de los planos pueden cambiar la sintaxis del cine. La expropiación #11: la palabra es una invitación para ver Ordet a través de una mirada ajena. Hagan la prueba y verán lo desasosegante que resulta el ejercicio de mirar con los ojos de otro lo que ya habíamos visto tantas veces.

Desde que la ví por primera vez, no he parado de imaginar puertas que se abrían y se cerraban, paredes blancas y puertas otra vez. Asumí el desafío (que en el fondo, creo que subyace a la pieza) y volví a ver Ordet. Entonces fui consciente de que no, ya nunca sería la misma película. No quería ponerme melancólica, pero era bastante difícil tratándose de Dreyer, de Carlos y de puertas que se abren y se cierran. Será la edad, será que hace poco lacasinegra cumplió un año y tomamos consciencia de nuestros propios límites, de lo mucho o lo poco que nos parecíamos a aquello que habíamos imaginado que seríamos. Ahora, no sé por qué, todo me resulta más obsceno.

Autor: Elena
Publicado en: expropiaciones proyectos
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