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Sofia Loren llega tarde a la proyección, ya no hay periodistas flanqueando la alfombra, tan solo algún papel rodando sobre el tapiz y el sonido de las banderas del festival ondeando. Desde dentro del Palais du Festival resuenan los primeros acordes de la película que se presenta. Sofia llega tarde porque aprovechó para pasear a su perro Cucci, un bulldog francés. Con una mano intenta atar a Cucci a una de las vallas de contención que los equipos de seguridad han instalado en la entrada y con la otra sujeta su pamela que ha estado a punto de salir volando tras un golpe de viento. Una vez se asegura de que Cucci está bien amarrado enfila hacia las escaleras para entrar en la sala del palacio. Cucci observa como se aleja, sube las escaleras, entra por la puerta y se desvanece.

Esta imagen de Sofia Loren a la carrera, intentando llegar a tiempo a lo que sabe que es su deber, estar en la proyección, es lo que se me vino a la cabeza al ver esta foto (que creemos que hizo Diego Batlle, crítico de cine argentino) de unos perros sobre la alfombra roja del festival de Cannes.

Y esa es, probablemente, la imagen que debamos tener del festival. Esa bella actriz que aún conserva su glamour intacto, para la que el cine ha dejado de ser una preocupación pero que no puede evitar que sea su vida, que sube las escaleras apresurada para ver quizás sí o quizás no su última película. Porque, queramos o no, Cannes es cine, el que hemos vivido hasta ahora, con el que crecimos y aprendimos, con el que aún vivimos y disfrutamos y del que aún aspiramos a vivir sus últimos coletazos mientras, desde la vanguardia, lo atacamos vilmente para destruirlo y por fín clamar al cielo aquello de “El cine ha muerto, ¡Viva el cine!”

Autor: Carlos
Publicado en: culturas libres

Hace unas semanas me encargaron elaborar un vídeo de despedida para una anestesista que se jubilaba. La idea era que generara un relato a partir de vídeos y material gráfico que los compañeros de la doctora me facilitarían. Todo hacía indicar que hablábamos de una operación limpia: entrar, montar y salir con el dinero en la mano; pero no fue así. El encargo se empezó a torcer al comprobar que el material prometido se reducía a bustos parlantes que se despedían de la susodicha sin demasiada ilusión -como si la persona al otro lado de la cámara se lo hubiera pedido por favor- y a una lista de secuencias de películas entre las que se encontraban Moulin Rouge o Titanic. Yo avisé a los médicos de que con ese material y el poco tiempo de que disponíamos no esperaran grandes alardes, no pareció preocuparles. Ah, se me olvidaba, en esta trama hay un elemento que yo siempre creí Macguffin pero que terminó siendo clave: otro vídeo de despedida que alguien había editado un par de años antes con motivo de un breve período de exilio que el médico portavoz de mis clientes pasó en África desempeñando tareas humanitarias.

Para no extenderme mucho más en mis vicisitudes como mercenario del audiovisual, os diré que el resultado final, sin ser brillante, era apañado a pesar de que mis clientes, desoyendo mis consejos, me obligaron a montar todas y cada una de las despedidas del personal del hospital, lo que suponía más de dos tercios del montaje final y un soberano coñazo. Nada de seleccionar los momentos más emotivos o que mejor transmitieran el sentir general de los compañeros hacia la anestesista. No, tenían que salir hablando todos que para eso habían puesto pelas en el bote. La situación me recordó a una anécdota que José Luis Escolar nos contó una vez en clase sobre un fondo fiduciario de dentistas que invirtieron sus ahorros en la producción de una película de Terry Gilliam -de la que Escolar era ayudante de dirección- y entre los términos del acuerdo consiguieron que se les permitiera visitar el rodaje en grupo. Ese día, claro está, todos se sintieron magnates de Hollywood y vacilaron a su señora e intentaron beneficiarse a la del prójimo.

En el par de días que tuve, intenté elaborar un montaje lo más emotivo y divertido posible y les envié una primera versión para que me dijeran lo que les parecía. Cuando recibí la llamada del médico representante del comité productor esperaba que me diera las gracias por la diligencia con que había resuelto el entuerto y que me emplazara a una última reunión para entregar materiales definitivos y cobrar. Pero no, lo que escuché fue una diatriba que empezó en el nerviosismo para culminar en la furia y que se sostenía en dos argumentos: el hecho 1 -verídico- de que alguna de sus ideas de puesta en escena habían sido desestimadas y el hecho 2 -no contrastado pero imagino que también verídico- de que el vídeo era diferente al que le habían hecho un par de años antes con motivo de su viaje a África en funciones humanitarias.

Su conclusión fue algo maleducada pero tremendamente lúcida: para poner un plano detrás de otro podría haber editado el vídeo él y haberse ahorrado la pasta. Poco pude añadir yo a eso. A los pocos días, me enteré de que el mismo portavoz de los médicos había alterado manualmente el montaje del vídeo durante la proyección que tuvo lugar en la cena de despedida para dejar su locución como cierre. Me hizo gracia ser expropiado y que el vídeo de despedida de la anestesista se convirtiera en una obra libre.

Saco a relucir esta anécdota porque la charla que lacasinegra propone mañana en el marco de Think Commons se sostiene sobre dos pilares:
– el cuestionamiento de la función social del cineasta en un contexto en el que todos generamos, procesamos y consumimos imágenes en cantidades ingentes,
– la inexorable extinción de la figura del autor en la acepción que le dan los mercados, o al menos de parte de sus derechos,
y ambos pivotan sobre el concepto de prosumidor audiovisual, esa figura que, en mis días buenos, me hace creer que va a terminar arrebatando a los núcleos de poder la exclusividad de elaborar el relato de la Historia, haciendo que la generación y transmisión del conocimiento se lleve a cabo de una forma más horizontal; y en los malos, me parece un tío con ínfulas que piensa que pagarle a alguien para que pegue un plano con otro es tirar el dinero.

Autor: gabriel
Publicado en: culturas libres expropiaciones lacasinegra vs Las democracias caducas
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