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Del Barrio. Burbujas. Kaká. Verano Azul. Sangre Azul. Divisas. Perla Blanca. Latin King. Triple X. Rodillo. Orquesta. Motorola. Aprendiz. Ambulancia. Loquillo. Apache. Emilín. Sorpresa negro. Búlgaro. Malo. Quemaito. Revelación. Acuarius. Bienvenido. Pitbull. Sito. Ná de Ná. El rey. Mío. Ni mucho ni poco. La dama. Novato. Garrapata. Alcantarilla. Pepón. Pasaporte…

No son los nombres clave de los miembros de un grupo terrorista, sino una lista de palomos que participan en una carrera aérea. La colombofilia es uno de los rituales más fascinantes del levante español, marcado como tantos otros, por una mezcla de pasión, folclore y espectáculo de lo cotidiano. Una hembra echa a volar y, tras ella, esa lista de machos con nombres improbables compiten por pasar el máximo tiempo a su lado. Pulsión de amor, pulsión de muerte. Dramatización salvaje del erotismo.

Hace unos días se inauguró en el Bal (la sala de exposiciones de la agencia Magnum en París) una exposición sobre la nueva fotografía española en la que se citaban 4 nombres desconocidos para mí y que formaban parte del colectivo Blank Paper. Uno de ellos, según descubrí en un artículo de El país, había nacido como yo en Orihuela.

Hola ¿eres Ricardo Cases?

Fotos aéreas de nuestro pueblo. Perfiles de hombres desconocidos pero familiares. Palomos pintados de toda la gama de colores fluorescentes. Trofeos de competiciones en Dolores, Desamparados o La Aparecida. La Vega Baja en estado puro y un abrazo emocionado (casi de posguerra) en el distrito XVIII de París.

Paloma al aire, no es sólo uno de los libros de fotografía más importantes de 2011, (en el top ten de fotógrafos como Martín Parr o Alec Soth) sino una mirada comprometida y consciente hacia una realidad nacional, cada vez más menos frecuente en los tiempos que corren. Lejos de esa obscena ironía posmoderna respecto de lo ritual y lo folclórico. Lejos del juicio estético y político hacia lo autóctono. Lejos de la posición de poder con la que el emigrante de pueblo vuelve a su tierra para tratar a sus paisanos de paletos.

Hoy, desde la casa de mis padres, cuando la vuelta a casa por Navidad se convierte en un acontecimiento de magnitudes similares a las de cualquier tragedia griega, y donde todo sucede sobre un rastro de pólvora y de barro quemado, me pregunto si de verdad en algún momento somos capaces de medir la distancia que nos separa de nuestro origen. De esas tradiciones que se asumen como propias en un tiempo común y muy anterior a nuestro nacimiento. De los sabores. De las caras conocidas que te intercambian un saludo por la calle y que ya no puedes reconocer. De un paisaje que se asume como propio para siempre, aunque ya nunca se contemple. De la consciencia de ser de pueblo. De la naturalidad con la que en algún momento de la infancia se asume la pulsión de crueldad animal. La verdad inapelable de la lucha por la supervivencia. La matanza. La muerte.

 

Autor: Elena
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