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Hace poco Ana citaba en un comentario de uno de nuestros posts la relación entre la muerte, la memoria y el cine en Level 5 (1997) de Chris Marker. El post se titulaba Un grito ciego y hablaba de ETA. Ayer murió Chris Marker y el azar emergió como una broma macabra.

http://www.youtube.com/watch?v=bb74HdzSe2o&t=40m20s

Alrededor del minuto 40:20 de la película en cuestión, tal y como nos indicaban, una mujer japonesa nos mira fijamente tras un salto al vacío en el que quiso encontrar la muerte y tras el que sólo encontró una cámara de cine. Otra mujer explica después que estas imágenes se rodaron en una guerra y alude a otro salto al vacío desde la torre Eiffel. Sólo retengo esto. Me estremezco y todo lo concreto desaparece.

Después me pregunto cómo es ése momento en el que una cámara registra un último aliento, esos instantes previos a cualquier acontecimiento irreversible. Previos a las rotundas decisiones. Previos al estallido de una guerra. Previos a la muerte. Previos al olvido. Previos al amor.

Quizá cerrar los ojos pueda funcionar como un vago reflejo de la memoria, en el que creemos haber fijado las imágenes tal y como sucedieron. Cerrar los ojos y que un recuerdo desplace la oscuridad. Cerrar los ojos y temer que el olvido pueda arrasar con todo. Repetir el gesto como la única solución posible y albergar sin embargo la certeza de que no. La memoria no existe. Si quiera cuando bajamos los párpados invadidos por el pánico.

Hablar de Marker, de cine y de memoria es casi tan obvio como leer el periódico los últimos meses y constatar que nos ahogamos. Hablar de su muerte hoy, también. Prefiero pensar que cerró los ojos, que dejó que el temor lo invadiera para remplazar con imágenes lo que era imposible reconstruir de otra manera. Que no, definitivamente el azar no existe y que el olvido, en algunas ocasiones, tampoco.

Me pregunto, gracias a Marker, por su culpa, en homenaje a él, cómo se registran los instantes previos al olvido.

Autor: Elena
Publicado en: Observaciones

Hoy, no sé por qué me he acordado de Tokio ya no nos quiere, la tercera novela de Ray Loriga que se publicó en el 99 y que yo debí leer en el 2001. En realidad no me acuerdo del texto en sí, sólo me acuerdo de haberla leído. Y de algunas frases lapidarias que se quedaron en la cabeza para siempre. “Si esto no funciona nada funcionará”. Y ahí sigue. Hiriente. Concisa. Estremecedoramente lúcida.

Me imagino que en aquellos noventa españoles Tokio todavía resultaba un lugar exótico, demasiado lejano. Un lugar donde un personaje de novela podía continuar su huida hacia adelante intentando olvidarse de que había amado. Como si viajando sin descanso hacia un futuro posible la muerte estuviera más cerca. Sin embargo hoy Tokio es sólo una de las pruebas más de que nada de lo que nos dijeron que funcionaría iba a funcionar.

Después de Tokio ya no nos quiere Ray Loriga escribió unos cuantos libros más, hizo otra película, escribió varios guiones y en las críticas literarias dicen que desde que sale con modelos y suena en la radio fórmula ya no es igual. Tu antes molabas, Ray, dicen. Y sin embargo a mí me sigue molando. No sé si porque me acuerdo de esa historia desgarradora del hombre sometido a un dolor que entonces me parecía tan imcomprensible como Tokio. No sé. El caso es que hoy me he acordado del momento en que lo leí cuando éramos demasiado jóvenes para sospechar que los desastres que se anuncian en los relatos de ciencia ficción pueden estallar en cualquier momento. Y entonces llegó el s.XXI y Tokio dejó de ser el lejano oriente para convertirse en un destino de vacaciones y la necesidad de huir hacia adelante y de olvidar que nos engañaron, también ha dejado de ser pura especulación.

Han pasado más de 10 años desde entonces (desde que Loriga publicó su libro y desde que yo lo leí). Ha pasado un nuevo siglo, una hecatombe nuclear, una crisis económica, varios tsunamis, más de cien guerras y una lista infinita de derrotas. Ha pasado lo suficiente como para que solo queramos comprar una droga que nos permita olvidarnos de todo, huir hacia delante y buscar paraísos exóticos donde la muerte parezca más rápida y menos dolorosa.

Autor: Elena
Publicado en: Observaciones
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