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Para muchos Andrés Caicedo es la imagen paradigmática del poeta maldito latinoamericano. Hablar de Andrés Caicedo es hablar de mito y es hablar de muerte. Aunque para mí hablar de Andrés Caicedo es hablar de un libro de instrucciones para construir un fantasma.

De las muchas imágenes que se han recuperado de él (tanto en las que aparece como en las que se adivina tras el objetivo), Caicedo es una huella, un rastro, un espectro. En la foto que acompaña este post, Caicedo camina junto a Patricia Ristrepo, la mujer de su amigo Carlos Mayolo, de la que se enamoró perdidamente, a la que enamoró perdidamente y a quién dedicó sus ultimas letras en forma de nota antes de morir. En esta imagen, también, se percibe la silueta de un fantasma, desdibujado, mirando a otro lado, como a punto de marcharse.

Andrés Caicedo se suicidó en 1977 a los 26 años de edad cuando acababa de recibir el ejemplar de su primera novela ¡Que viva la música!, sexo, drogas y rock and roll del lado de allá. Ahora pienso que, muy probablemente, Caicedo construyó su personaje de fantasma al milímetro.

Todo en él es fantasmagórico, Angelita y Miguel Ángel el proyecto de película corealizada junto a Carlos Mayolo interrumpida por el peor de los crímenes pasionales: robarle la mujer a tu mejor amigo; los tres proyectos de novela incabados: La estatua del soldadito de plomo (1967), La Vida de Jose Vicente Diaz Lopez (1975), Noche sin fortuna (título extraído de la canción del trío Los Panchos Rayito de luna y cuyo manuscrito sería recogido y editado por sus amigos años después). Quizá sea esta tendencia a dejarlo todo incloncluso lo que nos hace acercarnos a la idea del fantasma y no tanto el suicidio, la muerte o el carácter ausente con que se ha definido siempre la figura de Caicedo. Quizá sea ese trayecto de cosas sin terminar lo que nos hace sentirnos tan cerca de él y a la vez, tan ajenos, tan cobardes.

Sin embargo, pese al atractivo irresistible de la vida y de la obra de Caicedo hay una película que para mí constituye la imagen más perturbadora de todos los Caicedos. El Caicedo que mira (y que se mira en) tres niños de entre 12 y 15 años. En Angelitos empantanados, Guillermito, Fosforito y Clarisol hablan directamente de la enfermedad, de la locura, de los valiums, de matar y de morir.

Yo no sé por qué me dio hoy por pensar en estas cosas, tampoco por qué al mirar esos niños viejos me acordé de Pedro Páramo. Quizá porque tanto Caicedo como Rulfo generan una especie de fascinación esotérica, quizá porque ninguno perteneció a la empalagosa nómina de Boom, quizá porque los dos mantuvieron una relación complicada con el cine, quizá porque ambos vivieron como espectros. Vaya usted a saber por qué. Creo que YouTube debería crear alguna aplicación para relacionar los tags de la memoria con los de los fantasmas personales.

Nota: Para ampliar sobre la obra cinematográfica de Andrés Caicedo se puede acudir al documental Andrés Caicedo, unos pocos buenos amigos (Luis Ospina, 1986) citado recientemente en Color Perro que huye (Andrés Duque, 2011), y Noche sin fortuna (Francisco Forbes, 2010).

Autor: Elena
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