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Durante nuestros primeros años de unversidad, cuando eramos aún más ignorantes que ahora, las noches en el colegio mayor se prolongaban hasta altas horas de la madrugada. Nuestras conversaciones versaban sobre todo tipo de temas, aunque por edad y situación, la mayor parte del tiempo giraban entorno a nuestros tormentos amorosos, o simplemente, sobre la chica recién llegada al colegio. A veces, hablábamos de cine, de arte, de música o de literatura. Recuerdo una discusión en la que creo que estábamos David, Jorge, Gabriel y yo (aunque es bastante probable que fuesen otros) a propósito de Kafka y su deseo de que todas sus obras fuesen quemadas a su muerte, de modo que no se llegasen a publicar. Creo que mi posición era que el mundo no podía perder la oportunidad de leer El Proceso aunque su autor así lo quisiera. Jorge, por el contrario, defendía, que si esa era su decisión, debería haberse respetado porque pertenecía al ámbito de lo privado.

Hace unas semanas un hacker consiguió copiar unas fotos íntimas del móvil de Scarlett Johansson. Como el mundo tenía ganas de verle las tetas, el resultado fue que se propagaron por la Web como la espuma, Scarlett admitió que eran sus fotos y se inició una investigación federal, con el FBI rastreando la red en busca del hacker. Lo pillaron. Esta semana ha pasado algo similar, sin el punto sexual, con Mark Zuckerberg, creador de Facebook. Como Facebook no respeta la privacidad, otro hacker decidió romper la seguridad del sitio, entrar en el perfil privado del bueno de Mark y copiar todas las fotos privadas del multimillonario. Fue un acto de desobediencia civil reivindicativo. En cualquier caso los límites entre lo público y lo privado se rompen con frecuencia. Supongo que la decisión de qué es privado o es público pertenece a uno mismo, aunque una vez muerto se aplica aquello de “el muerto al hoyo y el vivo al bollo”.

En el colegio mayor tuvimos de compañero de habitación a un chico de Calanda. Duró poco (pidió cambiarse de habitación) pero dió tiempo a que le dieramos el coñazo con Buñuel. En aquella época yo no habría visto más de una o dos de sus películas, pero no dudaba al describirlo como “el genio de Calanda”. Ahora, con perspectiva, y unas cuantas películas más vistas, no podría decirlo tan alegremente. No es que no lo respete, que lo hago, pero si que creo que él y yo no compartimos la misma visión del cine. Eso sí, consiguió momentos cumbres de la cinematografía patria en extractos de Un perro andaluz o El Angel exterminador, probablemente su mejor película.

La semana pasada El País semanal publicó un reportaje llamado “Buñuel íntimo e inédito“. El reportaje va acompañado de una película del director aragonés rodada en sus años de exilio en Nueva York que se puede ver íntegra en la edición online de El País. Los días previos a su publicación se anunció en su web y en el periódico impreso, el descubrimiento de la nueva película de Buñuel, donde podíamos acercarnos a la versión más intima del director, y que podía hacer cambiar la opinión generalizada que se tenía de él.

En el reportaje, aparte de una mitomanía desconcertante que alude a las constantes visitas de los artistas de la época, se describe a Buñuel como:

El boxeador aficionado a los insectos, el amante de los cócteles, lector voraz, machista y delirante surrealista, pero a la vez padrazo.

Recalco lo de “pero a la vez padrazo”, que parece disculpar el “machista” insertado entre “lector voraz” y “delirante surrealista”. Esa era la revelación a la que aludía la promoción del reportaje, que Buñuel era un padrazo aparte de machista, aunque todo el mundo pensara que era, sencillamente, un machista misógino. En el mismo texto, Carlos Saura, otro ilustre aragonés, dice que la película “refuta muchas verdades preconcebidas” y que era:

Autoritario, pero gran tipo, tímido; un hombre lleno de paradojas, a quien no le costaba convivir con ellas plasmándolas solo en su cine como deseos ocultos, pero no en la vida real.

Pues a mi que me preocupa eso de los deseos ocultos y la vida real. Es decir, Buñuel era un tipo conservador, machista, misógino, pero un gran padre, que en sus películas intentaba retratar sus deseos ocultos y que su vida estaba absolutamente disociada de su cine. Joder, y yo que quería creer que hacer cine era vivir la vida… Debo de estar equivocado entonces, porque ahora me imagino a Buñuel, que más allá de su cine, intentaba entender el funcionamiento de los tomavistas de la época a través de libros como los que ilustran este post. Con poco éxito a juzgar por la calidad de las imágenes, que están, en numerosas ocasiones, desenfocadas. Para muestra, un botón.

 

Pues resulta que al final Buñuel era cineasta pero solo a ratos. Que ahora descubrimos sus vídeos privados, que no deberían haber salido a la luz, y son malos, cinematográficamente hablando. Que solo son películas sobre niños. Y ¿por qué siento esto? Porque Buñuel no fue un cineasta amateur, sino profesional, con todo lo que ello implica. Ser amateur significa tomar posición frente al cine. Ser amateur es dignificar el cine como algo más que una simple industria o un modo de reproducir imágenes. Y aunque no quiero decir que Buñuel fue un mal cineasta, lo que sí que no fue es un cineasta amateur, igual que Kafka no fue un escritor amateur o Scarlett una fotógrafa amateur. Todos ellos lo fueron accidentalmente, quisieron mantener en el ámbito privado esas imágenes o textos. Ahora me parece absolutamente justificable. Creo que si decidieron mantenerlo privado, así debería haber sido. Sólo estoy en desacuerdo con una cosa, con que un cineasta no sea, al mismo tiempo, un incansable cineasta amateur.

Autor: Carlos
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