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“No era sombra sino muerte lo que le cruzaba la cara y me dio miedo perder mi brillo”

Más que el inicio demoledor de una novela, esta frase en los textos de Andrés Caicedo, suena a profecía. Sobre todo teniendo en cuenta que el autor se suicidó sólo unos días después de tener entre las manos la primera edición de su novela ¡Qué viva la música! (1977). Es indecente cumplir 30 años. Cómo contradecirte, Caicedo. Aunque puede que ésta sea una de las muchas indecencias que hace que, llegados a un punto, sólo podamos reconocernos en las imágenes de los otros.

Ayer, casi por azar, descubrí una de las últimas imágenes que quedaron del escritor (la que ilustra este post). La tomó Fernell Franco, justo el día antes de que Caicedo decidiera suicidarse. Imagino cómo sería el momento en el que el gran cronista de Cali tomó esa fotografía, casi dramatizada, en la que un hombre que se sabe ya fantasma, te mira directamente a los ojos. Te repite que después de él ya no quedará nada sino ese reproche aplastante de que nunca serás lo suficientemente decente como para morir antes de los 30.

No. Si quiera seremos capaces de parecernos a aquello que dijimos que seríamos. No. Nunca seremos héroes, ni estrellas del rock, ni terroristas.

Fernell Franco y Andrés Caicedo se cruzaron por casualidad (?) en aquel Cali convulso de los años 70. Ambos buscaron la marginalidad y la adolescencia como en una carrera contra sí mismos. Ambos consumieron sobredosis de prostíbulos, de salsa, de drogas, de cine de serie b, de pelis de vampiros, de cine negro, de neorralismo… en el cine club programado por Caicedo. En 1972 Franco expuso por primera vez en la ciudad solar (epicentro de la contracultura caleña de la época) su gran exposición fantasmagórica: Prostitutas.

Prositutuas se dividía en dos: interiores (una serie de imágenes tomadas en el puerto de Buenaventura “el primer puerto” sobre la costa pacífica de Colombia) y una serie de retratos de mujeres que trabajaban en ellos. Una colección de imágenes espectrales que relataba con una puesta en escena dramática, cinéfila y apasionada, la vida anónima de los márgenes. Hay quien encuentra una relación directa entre este ejército de fantasmas del lumpen con el inevitable Tulsa de Larry Clark. Aunque a mí me suena más a un Preminguer del trópico. En fin. Lo que resulta verdaderamente perturbador de Prostitutas es que Franco, decidió quemar casi la totalidad de copias del libro donde se publicaron estas fotografías. Como el último retrato de Andrés Caicedo que ardió, también, a manos del fotógrafo.Por insatisfacción. Por rabia. Por imposibilidad de representar lo imaginado. Por decencia. Quién sabe.

Contemplando estas coincidencias perturbadoras no puedo dejar de pensar que a veces es demasiado fácil reconocerse en las imágenes de los otros más que en las propias. Quizá así recordemos lo poco que nos parecemos a aquéllo que soñamos, a aquéllo que prometimos que seríamos. Es estremecedor reconocerse en los ojos de un suicida y luego cerrar los ojos, repetir palabras que se escribieron antes incluso de tu nacimiento y creer que las leíste hace unos días en cualquier e mail. Es estremecedor leer, por ejemplo, que “Hay que tener en cuenta que la noche, aunque no más empieza, viene con una niebla rara”.

Pd: algunas de las imágenes recuperadas de Prostitutas pueden verse ahora en Le Bal en París en una exposición sobre libros de foto latinoamericanos titulada Foto/Gráfica

Pd: Merece la pena darse una vuelta por algunos de los vídeos de Caicedo, crónicas también apasionantes de aquella ciudad y aquellos días
de los que hablamos hace algún tiempo en Angelitos empantanados.

Autor: Elena
Publicado en: Observaciones

De lo obsceno a lo pornográfico no hay más que un juego de miradas. Una forma de mirar, para ser más precisos. “Si espío a alguien que, por definición, no podrá jamás, ‘devolverme’ esta mirada, estoy confrontado a la obscenidad (¡es duro!). Si miro a alguien como si fuera un objeto y de repente vuelve sobre mí sus ‘ojos de objeto’ y me mira, estoy en una situación pornográfica, estoy en Hitchcock (¡es perverso!)”. De la obscenidad de Rossellini a la perversión de Hitchcock, decía Daney (1), toda la estrategia podría reducirse al movimiento del objeto que se sabe observado y que (nos) mira. Ver el resto de la entrada »

Autor: Elena
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