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No sé qué sintieron García Lorca, Alberti o Cernuda en aquel homenaje a Góngora en El Ateneo de Sevilla en 1927. Ni lo que sintieron Chabrol, Godard, Truffaut o Rohmer ante el estreno de Los 400 golpes en aquel Cannes del 58. Pero seguramente fue algo parecido a lo que sentimos el viernes viendo El sur de Europa. Días de amor difíciles, la última pieza de La tristura.

Decadencia. Deriva. Amor. Política. Una revolución melódica. Lole y Manuel. Coplas. Pistolas. Chicas guapas. Chicos torpes que no saben bailar. Una voz de mujer perdida en medio de la noche como el canto de una sirena afónica. Godard y un crucero. David Lynch. Johnny Guitar. Johnny Guitar. Johnny Guitar y mentiras que se ruegan por todos los rincones.

Ése es, señoras y señores, El fin de Europa. Una apología del desastre. Como nuestra historia de amor. Como todas las historias de amor. He de confesar que nunca creí en las generaciones, quizá porque soy demasiado soberbia como para pensar que alguien se parece a mí. Que en el fondo, no soy más que el producto de una circunstancia histórica. Que ese beso que te di, no era el primer beso del mundo, sino un gesto repetido una y mil veces a fuerza de parecerse a los besos de los otros en las películas.

Y pese a todo. Salí de allí con la constancia de que ellos y nosotros, estábamos contemplando la misma debacle. El final de Europa, el final del (un) amor, y que ya era hora de dejar de pedir perdón a ésos que nos acusan de nihilismo. Aunque solo sea porque esta generación nihilista fue la que puso en marcha una revolución llena de ruido. Aunque solo sea porque esta generación nihilista y decadente sabe que el amor es mas frío que la muerte.

Seguramente este pensamiento no sirva para describir un movimiento generacional, sino para reconocer cierta forma perversa de patriotismo que se ha apoderado de muchos de los que marchamos. Quizá esto sea lo que me hiere tanto cada vez que voy a España y compruebo que no estoy allí, naufragando con los otros, sino que sobrevivo contemplando el desastre desde otra orilla.

Será esta especie de patriotismo idiota lo que nos hace creer que nos hundimos, lo que nos hace sentir como hijos bastardos de los Panero, lo que nos hace tararear viejas canciones de una guerra que no conocimos y que no es la nuestra. ¿Será este patriotismo idiota lo que nos hace estremecernos ante la misma idea de futuro, lo que nos hace intentar querernos y no saber? Será. Será que solo sabemos equivocarnos una y cien veces. Mil veces. Equivocarnos todos los días y encontrar la única salida en la huida permanente. En el abandono.

Un generación, ya lo sabemos, no se define por un grupo de gente que nace en el mismo año. Ni la nacionalidad, por el hecho de haber nacido en un mismo país. Sin embargo, esa noche más que nunca, me dolió España. Esa noche más que nunca, sentí que había llegado el fin de una raza. Y desde entonces repito la misma pregunta como una letanía: ¿Seremos capaces de bailar, ahora que todo el mundo está triste, ahora que ya nadie nos necesita, solo por el placer de ir a contracorriente?

El viernes, cuando salimos de la sala, ya era 23F.

Autor: Elena
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Me he prometido no hablar de nada de lo que sucedió ayer. Así que no lo haré a pesar de que esta mañana todo me parece triste, frío y azul.
Y es en días como éste cuando lo único que quiero es ver en bucle secuencias que confirman que el futuro puede ser todavía más triste, más frío y más azul. No se me ocurre ningún ejemplo más adecuado.
Hoy no quiero comentar nada. Hoy sólo quiero que me digan algo bonito, aunque sea mentira. Sobre todo que sea mentira.

Autor: Elena
Publicado en: Vídeos que vería hasta el infinito
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