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Más allá del excelente tríptico que Inherent Vice (2014) vendría a conformar The Master (2012) y There will be blood (2008). Más allá del preciso retrato del espíritu de otra época crucial de la historia de la nación norteamericana, la desencantada década de los setenta, que da continuidad a ese lienzo que comenzó con los años del capitalismo sin freno (There will be blood) y le siguió la resquebrajada América de la posguerra (The Master). Más allá de que Doc Sportello (Joaquin Phoenix) forme parte de la ya pletórica constelación de anti-héroes ensimismados y alucinados de Paul Thomas Anderson, la adaptación de la novela homónima de Thomas Pynchon parece condensar un aspecto mucho más sugestivo.

Shasta, ex-novia con aires de femme fatale del porrero detective que interpreta Phoenix, se planta desnuda en el marco de una puerta mientras él la mira entre embelesado y confuso. La piel morena, el collar de caracoles hippie y las preguntas que hacen levantar la tensión: “¿Qué tipo de chica necesitas exactamente?” “¿Quieres que sea como una de esas chicas de Manson?” “¿Quieres que sea una de esas adolescentes cachondas con el cerebro lavado que hacen exactamente lo que quieres antes de que ni siquiera tú sepas lo que es?”. La cámara abandona el plano-contraplano y sigue a Shasta en su movimiento hacia el sofá. Sentada al lado de Doc, la femme fatale hippie de Pynchon/Anderson fuma un porro lentamente, acaricia la pierna de Sportello con su pie desnudo, respira lenta y pausadamente mientras relata los entresijos de su romance con un rico magnate inmobiliario.

El plano sostenido, inmóvil espera el momento de ebullición. Cuando este llega, sin embargo, cuando Doc se levanta enérgico y penetra a Shasta en una contenida erupción de violencia, el plano apenas es reencuadrado. La escalada de intensidad, la violencia subterránea que recorre las películas de Anderson, retratadas en la contención y concentración del plano. En “Qu’allons-nous faire de toute cette énergie?” (Trafic, Invierno 2003) el crítico de cine Jean-Baptiste Thoret analizaba la noción de energía en el cine estadounidense, una energía con estrecha vinculación a la violencia. Si en el cine clásico, la violencia estaba legitimada en pro de la consecución de unos determinados valores (la violencia contra el otro, mito fundador de la nación), para Thoret, en los años 70, con la generación del New Hollywood, la violencia será gratuita, sin sentido ni motivación precisa. Es precisamente aquí donde Anderson parece recoger su herencia, trazando un camino desde el exceso formal de la violencia en Peckinpah, Scorsese y su admirado Altman. Si las explosiones energéticas del New Hollywood vendrían a señalar la erupción de una patología donde antes se erigía una mitología, el ejercicio de tensión de Anderson parece dilatar el excedente energético para mostrar la potencia frustrada: la del sexo, la de las drogas, la del dinero y la de una época que pudo ser y no fue.


 

Autor: Ana Uslenghi
Publicado en: Observaciones
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