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Iba a hacerlo esta mañana y la mañana de ayer y también la de antes de antes de ayer… Ya sabes, ponerme a escribir…y a lo mejor, animarme a publicar algo.

Ayer leí esto:

“Fuimos los hijos de la clase media de un país medio de occidente. Dos generaciones después de una guerra ganada, una generación tras una revolución fallida. No éramos ni pobres ni ricos, no rechazamos la aristocracia, no soñamos con ninguna utopía, y la democracia ya nos daba igual. Nuestros padres trabajaron, pero nunca lejos de un despacho, de un colegio, de un hospital, de la administración. Nuestros padres ya no llevaban uniforme, ni mono de trabajo y nuestras madres no vestían faldas de tablas ni traje de chaqueta. Fuimos educados por los libros, las películas, las canciones…por la promesa de convertirnos en individuos”.
(Mi traducción del texto, texto original al final de la entrada).

Individuos. Convertirnos en individuos, ahora que asistimos a la desintegración de tantas cosas. Pensé que tenía gracia, que esto podríamos haberlo escrito cualquiera de nosotros. Pero lo escribió otro, que como nosotros, habla más de las generaciones que le preceden, que de los hijos que nunca tendrá.

El protagonista del libro se llama Faber. Como ese Faber de Bergson que definía su inteligencia mediante el desarrollo de un trabajo artificial. Haciendo herramientas que sirvieran para hacer otras herramientas.

Herramientas que sirvieran, ya ves.

Fabricar y dejar de pensar. Éste es el homo faber, el que se enfrenta al homo sapiens, al homo ludens. También el que, según algunas lecturas, se acerca más al dios creador.

El libro, sin embargo, se llama: Faber, el destructor.
 

Nota:
« Nous étions des enfants de la classe moyenne d’un pays moyen d’Occident, deux génération après une guerre gagnée, une génération après une révolution ratée. Nous n’étions ni pauvres ni riches, nous ne regrettoions pas l’aristocratie, nous ne rêvions d’aucun utopie et la démocratioe nous était deevenue égale. Nos parents avaient travaillé, mais jamais ailleurs que dans des bureaux, des écoles, des postes, des hôpitaux, des administrations. Nos pères ne portaient ni blouse ni cravate, nos mères ni tablier ni tailleur. Nous avions été éduqués et formés par les livres, les films , les chansons- par la promesse de devenir des individus.”

Faber, le destructeur. Tristan Garcia. Gallimard, París, 2013

Vía: http://demierdadesign.tumblr.com/post/53507590842

Autor: Elena
Publicado en: Observaciones

“Que Jonás es Jonás y es hijo de, y nosotros somos más bien hijos de puta, en todos los sentidos.” Esto me dijo X justo después de ver la película que seguramente será una de las películas de nuestra generación. De esta generación que no tenía derecho a la ideología ni a la nostalgia, de esta generación desahuciada, de esta generación que nació después del fin de una raza. De los ilusos.

X tenía razón, Jonás es hijo de quien es, y de ahí la inquina disfrazada de crítica, tan dolorosa, tan razonada, tan española y tan nuestra. Mala baba inherente a nuestra condición de imperio venido abajo. De ahí y de aquéllos, mas leídos, que sin citar a Trueba padre hacen la lista de todos los autores franceses que se saben de carrerilla: Rohmer, Truffaut, Godard, Rivette, Garrel. Y todo sin mencionar la cita mas evidente y que tiene menos que ver con la política autoral de los Truffaut, Rohmer, Godard etc… Elle a pasé tant d’heures sous les sunlights (Garrel,1985), o citando al Doinel de Truffaut sin citar al de Jean Eustache.  Da igual, lo importante es demostrar que hemos visto las películas, que conocemos los nombres y sobre todo, que Jonás es hijo de… Es hijo de tantas películas, de tanta gente y que nosotros somos una generación de hijos de puta.  ¿Y qué mas da? Si, por mucho y por muy rápido que avancemos, nunca habremos corrido delante de los grises, si por más que lo intentemos,  solo dejaremos el rastro de una herencia rancia, la traza del alcanfor en una ropa prestada.

Quizá y solo quizá, es por eso por lo que Los ilusos juega con la mirada hacia un cine primitivo, hacia un cine donde todo, incluso la esperanza, era posible. Ellos, los ilusos (lo siento, me cuesta mucho, viendo esta película, pensar en un autor al estilo de la nueva ola francesa y no pensar en un colectivo, que Jonás me perdone) inventan un origen apátrida y disperso que adopta diferentes formas: la de una película virgen -nunca el diccionario fue tan poético, tan preciso con una calificación técnica- de 16 mm, la de una pila de VHS encontrados en cualquier lugar, la de los pies de unas niñas, o la forma de ese  último beso de la mañana después del amor. Sobre el asfalto de una ciudad que tiembla. Madrid. Atenas. Lisboa. Poco importa.

Escribo esto desde una ciudad europea, una de ésas que antes se alineaban con las nuestras. Antes, cuando nosotros también fuimos Europa, y el Madrid de los ilusos me parece, más que nunca, una ciudad atómica. No nuclear, no apocalíptica. Atómica. Cuando, según el diccionario de la Real Academia, atómica significa la parte mínima de una substancia. Lo particular, lo esencial, lo inaprensible.

Madrid, tan ajena y tan propia al mismo tiempo. Esa ciudad que podría ser todas las ciudades o ninguna salvo ella misma. Una ciudad vaciada en la que de repente todos creemos haber amado, en donde creímos ser amados. Aunque esto no haya sucedido nunca, aunque esas calles no sean más que la sinécdoque de un todo indefinible, de un sentimiento de pertenencia a un parte más grande, aunque aun no sepamos muy bien cuál.

Y quizá esa parte no sea más que el todo contradictorio que describe una generación, con lo que ello tiene de individual y de colectivo. De sentimiento de soledad y de pertenencia a un grupo. Una generación perdida, narcisista, dispersa, silenciosa, descreída… como hemos oído tantas veces. Pero también una generación controvertidamente revolucionaria. Una generación ilusa. Una generación  bastarda que surge tras el desastre y en medio de la nada, cuando todo es posible, incluso creer. Una generación atómica.

Y esa generación es la que yo veo, la que X vio en Los ilusos. Una película que dialoga con la ingenuidad de un cine que nunca fue mudo sino no hablado. Un poema, un balbuceo. Y a ese cine-lengua-de-trapo, a esa última imagen atómica y esperanzadora de la generación que quedará cuando nosotros ya no creamos en nada, sólo se me ocurre añadirle unas palabras ( ¿a caso una continuación?) que Denis Lavant le dice a Mireille Perrier en Boy meets girl de Leos Carax (1984).

 

http://www.youtube.com/watch?v=DoeGYp0HOC8

 

Él

Je suis cinéaste (Soy cineasta)

Ella

Pour le cinéma ou pour la vidéo?  (¿de cine o de video?)

Él

Non, pour l’instant je veux que des titres que je voudrais faire. (No, por ahora solo veo los títulos de lo que me gustaría hacer).

Los ilusos

Autor: Elena
Publicado en:

No sé qué sintieron García Lorca, Alberti o Cernuda en aquel homenaje a Góngora en El Ateneo de Sevilla en 1927. Ni lo que sintieron Chabrol, Godard, Truffaut o Rohmer ante el estreno de Los 400 golpes en aquel Cannes del 58. Pero seguramente fue algo parecido a lo que sentimos el viernes viendo El sur de Europa. Días de amor difíciles, la última pieza de La tristura.

Decadencia. Deriva. Amor. Política. Una revolución melódica. Lole y Manuel. Coplas. Pistolas. Chicas guapas. Chicos torpes que no saben bailar. Una voz de mujer perdida en medio de la noche como el canto de una sirena afónica. Godard y un crucero. David Lynch. Johnny Guitar. Johnny Guitar. Johnny Guitar y mentiras que se ruegan por todos los rincones.

Ése es, señoras y señores, El fin de Europa. Una apología del desastre. Como nuestra historia de amor. Como todas las historias de amor. He de confesar que nunca creí en las generaciones, quizá porque soy demasiado soberbia como para pensar que alguien se parece a mí. Que en el fondo, no soy más que el producto de una circunstancia histórica. Que ese beso que te di, no era el primer beso del mundo, sino un gesto repetido una y mil veces a fuerza de parecerse a los besos de los otros en las películas.

Y pese a todo. Salí de allí con la constancia de que ellos y nosotros, estábamos contemplando la misma debacle. El final de Europa, el final del (un) amor, y que ya era hora de dejar de pedir perdón a ésos que nos acusan de nihilismo. Aunque solo sea porque esta generación nihilista fue la que puso en marcha una revolución llena de ruido. Aunque solo sea porque esta generación nihilista y decadente sabe que el amor es mas frío que la muerte.

Seguramente este pensamiento no sirva para describir un movimiento generacional, sino para reconocer cierta forma perversa de patriotismo que se ha apoderado de muchos de los que marchamos. Quizá esto sea lo que me hiere tanto cada vez que voy a España y compruebo que no estoy allí, naufragando con los otros, sino que sobrevivo contemplando el desastre desde otra orilla.

Será esta especie de patriotismo idiota lo que nos hace creer que nos hundimos, lo que nos hace sentir como hijos bastardos de los Panero, lo que nos hace tararear viejas canciones de una guerra que no conocimos y que no es la nuestra. ¿Será este patriotismo idiota lo que nos hace estremecernos ante la misma idea de futuro, lo que nos hace intentar querernos y no saber? Será. Será que solo sabemos equivocarnos una y cien veces. Mil veces. Equivocarnos todos los días y encontrar la única salida en la huida permanente. En el abandono.

Un generación, ya lo sabemos, no se define por un grupo de gente que nace en el mismo año. Ni la nacionalidad, por el hecho de haber nacido en un mismo país. Sin embargo, esa noche más que nunca, me dolió España. Esa noche más que nunca, sentí que había llegado el fin de una raza. Y desde entonces repito la misma pregunta como una letanía: ¿Seremos capaces de bailar, ahora que todo el mundo está triste, ahora que ya nadie nos necesita, solo por el placer de ir a contracorriente?

El viernes, cuando salimos de la sala, ya era 23F.

Autor: Elena
Publicado en:

Imágenes y sonidos extraídos de Un été brûlant (Philippe Garrel, 2011).

Autor: gabriel
Publicado en: expropiaciones proyectos
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