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“La esencia de una nación es que todos los individuos tengan muchas cosas en común y también que todos hayan olvidado muchas cosas”. Así respondió Ernest Renan en 1882 al interrogante de qué es una nación.

Una memoria inventada. Un olvido cómplice. ¿Una identidad común?

Estos días de vuelta a mi pueblo, me pregunto qué es lo que nos une a mí y a esa gente con forma de fantasmas que camina por la calle. Estos días de ritos ancestrales, de tambores, de mantillas, de campanas, de calles empedradas, de viejos amigos que nunca se fueron. Me pregunto qué es lo que acordamos olvidar sin mediar una palabra.

Uno de estos días. Ayer. Caminamos hasta el barrio de San Isidro labrador en Orihuela -su pueblo y el nuestro- creyendo todavía que podíamos recordar sólo aquéllo que queríamos. Allí, descubrimos una serie de murales en homenaje a Miguel Hernández que fueron pintados por primera vez en 1976 y que acaban de ser restaurados.

Nacerá nuestro hijo con el puño cerrado. En Orihuela, tu pueblo y el mío. Jornaleros. Del callejón de tu carne. Para la libertad. Después del amor la tierra. Después de la tierra nadie.

Los versos de Miguel cobraron sentido, cuerpo. Por una vez, cobraron tierra. Escritos sobre las paredes de un lugar que habíamos olvidado en uno de los pocos homenajes coherentes que este pueblo ha rendido a su literatura, escrita sobre los muros de las casas de un barrio humilde. Donde el pasado no existe. Donde el futuro no es más que bruma.

Ayer, junto a los versos del poeta, unos niños echaban la tarde, acordando, quizá, aquéllo que tendrán que olvidar mañana.

Autor: Elena
Publicado en: anecdotario proyectos
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