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Pronto, sin embargo, descendí a los detalles y observé con minucioso interés las innumerables variedades de tipos, vestidos, aires, portes, aspectos y fisonomías.

El hombre de la multitud, 1840, Edgar Allan Poe

El flâneur es un paseante, un observador, una persona que recorre las calles de una ciudad con el único objeto de recorrerlas. Es el flâneur de Poe, ese detective de la nada, es también, el término utilizado por Baudelaire y analizado por Benjamin. Representa al hombre que busca su anonimato en la multitud, y que se aprovecha del mismo para escudriñar las calles de la ciudad sin ser visto. Se para en los escaparates, recorre las calles, observa.

Guide Psychogeographique de Paris de Guy Debord

Se puede encontrar una analogía en el internauta primigénio, el internauta pre-Google, que recorría la Web sin un destino concreto, con la única intención de recorrerla, descubriendo a su paso inesperadas imágenes o textos. Es el cyberflâneur, que con cierta tibieza se puede denominar como aquel que “surfea” la web (Wiktionary). Ese cyberflâneur se ocultaba tras el anonimato que proporcionaba la Web 1.0, dónde nadie era nadie más allá de su identidad digital, de su nickname. En la Web 2.0 el anonimato se ha perdido, firmamos con nombres y apellidos, y aunque unos pocos resistentes siguen usando sus “nicknames” en la Red, resulta extraño y extravagante que tu perfil en Facebook esté firmado con un álias. Aún persiste su uso en otras redes sociales como Twitter, pero no el anonimato que conllevaban puesto que con una simple búsqueda encuentras su identidad en el mundo real.

Evgeny Morozov, en un artículo de principios de febrero, sentenciaba a muerte al cyberflâneur. Lógico, teniendo en cuenta que Morozov es el gran crítico de la Web, y acostumbra a sacar las sombras de una tecnología que en ocasiones nos ciega con sus promesas de libertad. Argumenta que, al igual que el flâneur desapareció en el siglo XIX con la construcción de los grandes bulevares y la pérdida de su anonimato, el cyberflaneur ha muerto como consecuencia de la Web 2.0. Facebook es los Campos Eliseos del siglo XXI.

Puedo estar más o menos de acuerdo con esta aseveración. De hecho, la Web 2.0 nos oculta gran parte de su contenido. Sin Google, podías tropezar con una página inesperada, ahora puedes igualmente, pero siempre bajo la tutela de Google. De hecho, hace pocos días presentaron la nueva búsqueda social que prima los resultados que tus amigos han comentado o visitado. Como comentamos el otro día en nuestra charla de ThinkCommons, se produce la “paradoja Justin Bieber”, que viene a ser, que si un vídeo de Justin Bieber es el más visto, y YouTube organiza los resultados por cantidad de reproducciones, difícilmente el vídeo dejará de ser el más visto, porque inevitablemente aparecerá siempre en la portada de YouTube. Esto no hace más que ocultar millones de vídeos, dejarlos sepultados bajo los vídeos más vistos. El cyberflâneur pierde, en parte, su anonimato, porque todos saben qué visitas, y además se pierde el azar en la navegación por Internet, porque Google nos guia hacia los mismos resultados que otros han visitado antes.

Y digo que puedo estar más o menos de acuerdo con la muerte del cyberflâneur porque en la situación actual, el cyberflâneur puede seguir existiendo buscando estrategias para mantener su anonimato y hacer de sus recorridos por Internet un paseo sin destino concreto.

Esas estrategias son las que nos deben preocupar. El otro día, en la misma charla, nos preguntabamos cuál era la labor del cineasta en el siglo XXI. Una de ellas es, quizá, proporcionar esas estrategias, intentar mostrar lo oculto, escarbar en Internet para desenterrar las imágenes ocultas. El cineasta es un flâneur, y el cineasta en el siglo XXI es un cyberflâneur. El cineasta debe “descender a los detalles” y “observar con minucioso interés” la realidad de la Web 2.0.

Por eso se me antoja necesario un mecanismo para esa observación, que desentierre las imágenes y nos las muestre una tras otra, que de preferencia al contenido por encima del número de visitas o la fecha de publicación y de esta manera recuperar el espacio del cyberflâneur. Imaginemos que queremos retratar el atardecer en Dublín durante el mes de Enero. No es necesario ir a Dublín en enero para hacerlo, puesto que esas imágenes ya existen, simplemente necesitan ser descubiertas, y para ello crearíamos un sistema que las rescatase de entre la “cyber” multitud y las pusiese en primera línea de visión. Nuestro encuadre es la delimitación por palabras clave de la búsqueda, que serían Dublín, atardecer y Enero, y nuestra cámara una simple página web donde podríamos ir viendo las imágenes del atardecer en Dublín que la Web nos devolviera. En definitiva, si en el siglo XXI ya existen suficientes imágenes, debemos encontrar herramientas para sacarlas a la luz, y ese es uno de los propósitos que el cineasta debe tener en el siglo XXI.

Autor: Carlos
Publicado en: culturas libres Observaciones prosumidor
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