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Por mi trabajo uso los efectos digitales con bastante frecuencia. Eso me ha creado cierta necesidad de escapar de ellos, de apartarme de la imagen producida, digital, artificial. Tengo la sensación de estar haciendo una intervención no autorizada en algo tan poco natural como la imagen registrada. Por eso, en el tiempo que me queda entre retoque y retoque, huyo de los fuegos de artificio.

Lo que considero “natural” es lo que la cámara registra, todo lo demás resulta artificioso. Si la imagen es analógica, pues mejor. Por eso miro con fascinación piezas como esta, de Robert Beavers, en la que juega con filtros, colores y ritmos a cambiar las vistas desde una ventana de Florencia. La vi hace un tiempo en una sesión de Xcentric, y aunque es condenadamente larga, las compuertas abriéndose y cerrándose se me repiten continuamente. La imagen es pura, pero imperfecta. Es intervenida de forma “natural”.

La “cámara” como elemento cuasi místico. Recuerdo a Marcelo, cuando no estábamos en Ginebra, que ante la desesperación provocada por las horas de rodaje, cogió la cámara, la colgó de un tendedero y la hizo girar. Antes probó a hacerlo él mismo, girando sobre si mismo y apuntando con la cámara. Eso fue un día, después inventó la cámara “bisagra”. Hoy he encontrado una versión mejorada de su cámara giratoria.

Marcelo, lo tenías que haber inventado tú. Regalanos cámaras giratorias, bisagra, palpitantes, estroboscópicas, o lo que se te pueda pasar por la cabeza.

Supongo que inevitablemente, se trata de una huida hacia adelante. Es decir, que me gustan los fuegos de artificio, solo que hoy me interesan en el modo de registrar las imágenes. Quizá mañana me vuelva a interesar intervenirlas. Pero la imagen no es natural, por mucho que me empeñe en ser un ecologista de la imagen.

Autor: Carlos
Publicado en: Observaciones
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