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19 dic
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Sin playa

Hace unos días participé en un congreso sobre cine español contemporáneo en Nueva York hablando de Color perro que huye de Andrés Duque. Aunque en realidad de lo que hablé fue de cómo y por qué el audiovisual contemporáneo está cambiando nuestra manera de contarnos a nosotros mismos.

Lo hice delante de directores, productores, académicos, críticos…en fin de la INSTITUCIÓN con todas las mayúsculas. Cuando terminé de explicar por qué y cómo las nuevas prácticas audiovisuales están cambiando nuestra manera de entender el cine se hizo el silencio más implacable. Quizá fue falta de tiempo, quizá fue indiferencia, quizá pensaban que estaba completamente loca o quizá sólo estoy siendo presa de una crisis paranoide pero ese silencio me demolió. Es contradictorio, lo sé, y creo que ahí también radica uno de nuestros mayores dolores. Debatirse constantemente entre el rechazo y la aceptación, asumir las contradicciones como materia esencial de uno mismo y además hacerlas públicas. Uno de los puntos fundamentales de mi trabajo para este congreso era precisamente la frontera entre lo privado y lo público, y más precisamente, la manera como se construye la intimidad en la era de YouTube.

Hablamos siempre de nosotros, de lo que nos preocupa, de lo que nos mueve, de lo que nos provoca esta mala hostia constante, de lo que nos excita etc. sin separar jamás lo que es profesional de lo que es amateur o lo que es conveniente de lo que no. Exponiéndonos a nosotros mismos. Exponiéndonos siempre y en todos los sentidos del término. Estamos delante y detrás de las imágenes que producimos. Utilizamos nuestras miserias como punto de partida. No escondemos nuestro miedo, nuestras frustraciones, ni nuestros referentes. Y no sé hasta qué punto somos conscientes de las consecuencias que tiene esta exposición salvaje. Sobre todo cuando nuestra principal contradicción se debate entre la aceptación y el rechazo, en pasarse la vida diciendo que no necesitamos que nadie legitime nuestro discurso y después hundirnos cuando sentimos la indifrencia de los otros.

Esto me he hecho recordar uno de los episodios de lacasinegra más significativos para mí. Hace un par de veranos salimos a dar vueltas con una cámara por el interior de la provincia de Alicante que está jalonada de enormes urbanizaciones de apartamentos construidos lejos del mar. Aún no sé por qué, paramos en una extensa mole de cemento situada en algún punto entre Torrevieja y Orihuela y nos sentamos en la terraza de un pub, el único espacio común que había en la urbanización. Debían de ser las 12 de la mañana y caían más de 40 º. A nuestro lado había un par de mesas con algunos guiris bebiendo cerveza y comiendo tapas de paëla estilo Manchester.

De repente apareció José Manuel West, sacó una guitarra y estuvo cantando más de 3 horas aunque nadie le prestaba atención. Cantó con entusiasmo. Cantó todo lo que le pedían y también lo que traía preparado en su repertorio. Gabri y yo salimos a bailar en esa urbanización en medio de la nada, rodeados de ingleses borrachos que nunca verían el mar. Exponiéndonos, como lo hacía José Manuel West, como lo hacemos siempre, como no sabemos hacerlo de otra manera: con sinceridad y con vehemencia.

Después hicimos esta ficción que se titula Sin playa e intentamos moverlo por algunos festivales sin éxito y cometiendo el error de mantenerlo en privado hasta hoy.

No sé si José Manuel West es un profesional. No sé si nosotros lo somos. No sé si este corto merecía participar en un festival. No sé si internet está cambiando la manera de hacer cine. No sé si debería abandonar la academia. No sé si debería callarme los dolores y las contradicciones. No sé si deberíamos cambiar de estrategia y dejar de hacer público todo lo privado. No sé si algún día dejaremos este porno sentimental. No sé qué coño es lo que tenemos que hacer para seguir ni hacia dónde.

Hoy lo único que tengo claro es que también José Manuel West entendía lo que era trabajar con sinceridad y con vehemencia pese al silencio de los otros. Y también sé que nunca he visto a un artista tan digno como aquella mañana de verano sin playa.

Autor: Elena
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Para muchos Andrés Caicedo es la imagen paradigmática del poeta maldito latinoamericano. Hablar de Andrés Caicedo es hablar de mito y es hablar de muerte. Aunque para mí hablar de Andrés Caicedo es hablar de un libro de instrucciones para construir un fantasma.

De las muchas imágenes que se han recuperado de él (tanto en las que aparece como en las que se adivina tras el objetivo), Caicedo es una huella, un rastro, un espectro. En la foto que acompaña este post, Caicedo camina junto a Patricia Ristrepo, la mujer de su amigo Carlos Mayolo, de la que se enamoró perdidamente, a la que enamoró perdidamente y a quién dedicó sus ultimas letras en forma de nota antes de morir. En esta imagen, también, se percibe la silueta de un fantasma, desdibujado, mirando a otro lado, como a punto de marcharse.

Andrés Caicedo se suicidó en 1977 a los 26 años de edad cuando acababa de recibir el ejemplar de su primera novela ¡Que viva la música!, sexo, drogas y rock and roll del lado de allá. Ahora pienso que, muy probablemente, Caicedo construyó su personaje de fantasma al milímetro.

Todo en él es fantasmagórico, Angelita y Miguel Ángel el proyecto de película corealizada junto a Carlos Mayolo interrumpida por el peor de los crímenes pasionales: robarle la mujer a tu mejor amigo; los tres proyectos de novela incabados: La estatua del soldadito de plomo (1967), La Vida de Jose Vicente Diaz Lopez (1975), Noche sin fortuna (título extraído de la canción del trío Los Panchos Rayito de luna y cuyo manuscrito sería recogido y editado por sus amigos años después). Quizá sea esta tendencia a dejarlo todo incloncluso lo que nos hace acercarnos a la idea del fantasma y no tanto el suicidio, la muerte o el carácter ausente con que se ha definido siempre la figura de Caicedo. Quizá sea ese trayecto de cosas sin terminar lo que nos hace sentirnos tan cerca de él y a la vez, tan ajenos, tan cobardes.

Sin embargo, pese al atractivo irresistible de la vida y de la obra de Caicedo hay una película que para mí constituye la imagen más perturbadora de todos los Caicedos. El Caicedo que mira (y que se mira en) tres niños de entre 12 y 15 años. En Angelitos empantanados, Guillermito, Fosforito y Clarisol hablan directamente de la enfermedad, de la locura, de los valiums, de matar y de morir.

Yo no sé por qué me dio hoy por pensar en estas cosas, tampoco por qué al mirar esos niños viejos me acordé de Pedro Páramo. Quizá porque tanto Caicedo como Rulfo generan una especie de fascinación esotérica, quizá porque ninguno perteneció a la empalagosa nómina de Boom, quizá porque los dos mantuvieron una relación complicada con el cine, quizá porque ambos vivieron como espectros. Vaya usted a saber por qué. Creo que YouTube debería crear alguna aplicación para relacionar los tags de la memoria con los de los fantasmas personales.

Nota: Para ampliar sobre la obra cinematográfica de Andrés Caicedo se puede acudir al documental Andrés Caicedo, unos pocos buenos amigos (Luis Ospina, 1986) citado recientemente en Color Perro que huye (Andrés Duque, 2011), y Noche sin fortuna (Francisco Forbes, 2010).

Autor: Elena
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