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Hoy, no sé por qué me he acordado de Tokio ya no nos quiere, la tercera novela de Ray Loriga que se publicó en el 99 y que yo debí leer en el 2001. En realidad no me acuerdo del texto en sí, sólo me acuerdo de haberla leído. Y de algunas frases lapidarias que se quedaron en la cabeza para siempre. “Si esto no funciona nada funcionará”. Y ahí sigue. Hiriente. Concisa. Estremecedoramente lúcida.

Me imagino que en aquellos noventa españoles Tokio todavía resultaba un lugar exótico, demasiado lejano. Un lugar donde un personaje de novela podía continuar su huida hacia adelante intentando olvidarse de que había amado. Como si viajando sin descanso hacia un futuro posible la muerte estuviera más cerca. Sin embargo hoy Tokio es sólo una de las pruebas más de que nada de lo que nos dijeron que funcionaría iba a funcionar.

Después de Tokio ya no nos quiere Ray Loriga escribió unos cuantos libros más, hizo otra película, escribió varios guiones y en las críticas literarias dicen que desde que sale con modelos y suena en la radio fórmula ya no es igual. Tu antes molabas, Ray, dicen. Y sin embargo a mí me sigue molando. No sé si porque me acuerdo de esa historia desgarradora del hombre sometido a un dolor que entonces me parecía tan imcomprensible como Tokio. No sé. El caso es que hoy me he acordado del momento en que lo leí cuando éramos demasiado jóvenes para sospechar que los desastres que se anuncian en los relatos de ciencia ficción pueden estallar en cualquier momento. Y entonces llegó el s.XXI y Tokio dejó de ser el lejano oriente para convertirse en un destino de vacaciones y la necesidad de huir hacia adelante y de olvidar que nos engañaron, también ha dejado de ser pura especulación.

Han pasado más de 10 años desde entonces (desde que Loriga publicó su libro y desde que yo lo leí). Ha pasado un nuevo siglo, una hecatombe nuclear, una crisis económica, varios tsunamis, más de cien guerras y una lista infinita de derrotas. Ha pasado lo suficiente como para que solo queramos comprar una droga que nos permita olvidarnos de todo, huir hacia delante y buscar paraísos exóticos donde la muerte parezca más rápida y menos dolorosa.

Autor: Elena
Publicado en: Observaciones

Antes de Godard, de Rohmer, de Besos Robados o de Bresson, mi acercamiento al cine francés de la segunda mitad del siglo XX fue a través de Fahrenheit 451, la adaptación de François Truffaut del clásico de la literatura de ciencia ficción de Ray Bradbury. Había leído el libro antes, y la vi, no porque me interesara Truffaut, sino por pura curiosidad. En aquel momento me decepcionó aquel tono naïve de la película, ese gusto por lo inverosímil, tratado con sutileza en el libro, aquí se convertía en algo grotesco, salpicando la película de momentos hilarantes como, por ejemplo, esa pregunta de la vecina a Guy Montag, el bombero protagonista “¿Es verdad que los bomberos antes apagaban fuegos?” y su respuesta “¡Que tontería!”, o la escena en la que la mujer de Guy Montag se dispone a participar en un programa televisivo interpretando un papel sentada en el sofá de su casa. Ver el resto de la entrada »

Autor: Carlos
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