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“También Berta había nacido después de la guerra pero fuera de su país. Al regresar Lorenzo de su viaje a Inglaterra habiéndola conocido allí, todo continuaba igual en la ciudad.”

Demoledor, oscuro e implacable. Así es el inicio de Nueve cartas a Berta, la crónica de un país de posguerra en el que amar era una utopía tanto como la libertad. Si es que entre una cosa y otra hubiera alguna diferencia. Lorenzo, su protagonista, construye un relato de una España trágica que sólo descubre a la vuelta de un viaje a Londres, como si antes hubiera estado durmiendo o mudo. Lorenzo escribe así una crónica política y amorosa que están inevitablemente unidas, porque tanto una como la otra muestran esa fatalidad que tiñe siempre el amor y la guerra.

Basilio Martín Patino realiza sus Nueve cartas a Berta en 1966, una manera muy poco común de abordar el género epistolar en el cine. Ahora revisando la película me pregunto si Berta existió (una pregunta bastante idiota, por cierto) y quién era. Me pregunto si recibiría alguna de esas cartas, si a caso existían Bertas que imaginaban que España era una tierra de animales y de arena donde nadie sabía lo que pasaba afuera. ¿Comprendería Berta aquellas cartas? ¿Sería capaz de responderlas más allá de la demanda amorosa? ¿Sería posible una lectura política distinta de una respuesta a la carta de amor?

Al final, Lorenzo se queda con la chica buena, con ese dulce destino fatal de rosario, torrijas, mesa de camilla y libro de cabecera. Y quizá deberíamos pensar que se han acabado las cartas porque ya nadie las escribe, aunque en realidad se han acabado porque ya nadie las lee. Imagino que la auténtica tragedia que vive Lorenzo no es quedarse con la chica buena y la provincia de piedras, sino acogerse a la certeza de que ya nadie le lee, de que ya nadie le comprende. ¿Podemos seguir escribiendo aunque no haya nadie del otro lado?

Con su primera película, Patino recogió la Concha de Plata del festival de San Sebastián y batió records en la taquilla española del 66. Cuando nadie creía que el cine español podía, si quiera, tener un público capaz de recibir cartas de amor y de posguerra. Hace poco nos preguntábamos si era posible un #cinesincine, un cine que sencillamente expongamos sin tener la certeza alguna de que vaya a ser visto, comprendido, sancionado. Nos preguntábamos si el objetivo de nuestro trabajo era la obra en sí misma (una obra que parta con la premisa esencial de cumplir con unos mínimos de calidad o de interés mayoritarios) o el acto inmediato de comunicar(se con el otro).

En la era de internet, cuando los mensajes son instantáneos, abrumadores y, la mayoría de las veces, inconscientes de sus consecuencias, cuando todo el mundo se dedica a disparar información indiscriminadamente ¿es más importante la carta o su destinatario? Quizá lo importante no sea, la carta, la obra, el mensaje en sí, si quiera su destinatario, sino lo que produce el acto comunicativo en cada momento. El hecho de que Lorenzo encontrara la pasión sólo en esas cartas a una Berta fantasma, el hecho de que alguien haga cine sin películas en internet, el caso concreto de librar una guerra o de morir de amor. Mucho más allá del destinatario y del propio mensaje, el acto comunicativo y de su energía liberadora quedan, como mensajes para otros lectores, como huellas para otras guerras, como cartas para otro amor.

Autor: Elena
Publicado en: lacasinegra vs Las democracias caducas Vídeos que vería hasta el infinito
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