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Receurdo que cuando era pequeño y siempre que me iba a alguna excursión con el colegio, mi abuela me daba una “estampita” para que me protegiera en el camino.

Hace unos días, limpiando en casa de mi abuela, me encontré con esta caja.

En ella encontré “estampitas”, invitaciones a comuniones y alguna que otra esquela.

Esta es la pequeña colección de “estampitas” que tenía mi abuela

Al verlas, me ha venido a la mente esta escena de Tony Leblanc.

Otra costumbre que tenían mi abuela y sus hermanas era la de guardar esquelas de familiares fallecidos.

Entre todas las invitaciones de comuniones que coleccionaba mi abuela

he encontrado la mía junto al menú que se sirvió el día de mi comunión.

Entre tanta religión se escondía el carnet de socio del Madrid de mi abuelo.

Al verlo me ha venido a la mente la imagen de una de las primeras decepciones de mi vida. Recuerdo que de pequeño estuve a unos pocos cromos de terminar el álbum de la liga 97-98.

Por aquellos años teníamos un perro llamado Swing

Una tarde cuando llegué del colegio y entré al estudio de mi casa para pegar los nuevos cromos que había cambiado en el colegio, me encontré un festival de confeti futbolístico por toda la habitación. Imaginad vuestro objeto más apreciado pasando por algo como esto

Nunca antes había odiado tanto a un ser vivo sobre la tierra. Desde aquel mismo momento dejé de coleccionar cosas.

Autor: carmelo
Publicado en: anecdotario

Hoy es el segundo aniversario de la muerte de mi abuela. Uno de los últimos recuerdos que tengo con ella fue una noche en la que nos quedamos solas en el salón de la casa de mis padres y puse El diablo probablemente de Bresson (vaya usted a saber por qué). La película estaba en versión original subtitulada en español pero dudo mucho que a mi abuela aún le alcanzara la vista para leer los subtítulos.

Sin embargo siguió allí, a mi lado, mirando como si estuviera absorbida por el alto contenido político de la película. De vez en cuando comentaba una secuencia con exclamaciones como ¡qué barbaridad! aunque ahora no recuerdo en qué momentos exactamente ni por qué motivo.

Gracias a mis abuelos, que a penas fueron al colegio, que a penas sabían leer, he aprendido casi todo lo que sé. También a ver películas. A mirarlas más allá de sentirme ajena a aquello que muestran, más allá de no compartir lo que dicen o lo que callan. Con ellos aprendí a mirar sin juicio. En realidad, sólo a querer hacerlo (creo que el placer de mirar con juicio las cosas es demasiado tentador y yo no soy nada estoica).

Ahora que he vuelto a casa de mis padres y que mi abuela ya no está compartiendo insomnio conmigo, he recordado esto: una secuencia de árboles que mueren, que se derrumban, que provocan el estruendo.

Hoy. Que todo es silencio y que las cosas que miro no son iguales desde que ella no está.

Autor: Elena
Publicado en: Vídeos que vería hasta el infinito
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