Ayer por fin llegamos a Donosti. Primer día de taller, primera sesión con los participantes en Tabakalera.

Como todas las primeras veces, hubo nervios, carraspeos y manos frías. Primeros 10 minutos de incertidumbre hasta que empezamos a hablar. Entre los participantes, un grupo heterogéneo, hijos cada uno de un padre y de un barrio diferentes. Los hay (muy) profesionales, orgullosos amateurs, antropólogos, arquitectos… En fin, apasionados varios. Y créanos, no hay nada que más nos motive, que un grupo de trabajo indefinible, ilimitado y con muchas ganas.

En esa primera vez de la Ciudad Imaginaria, pudimos aprender muchísimo sobre mitos y mitología donostiarra, sobre música punk de los ochenta, bertsolaris, barrios comidos por las ciudades o ciudades que se comen a los barrios, hipódromos, y hasta de lagartijas ancestrales y autóctonas.

Hablamos sobre imaginarios urbanos, sobre identidade(es) nacional(es) y sobre poéticas absolutamente locas que  se generan en la ciudad o en la memoria de los ciudadanos. Vimos películas de Juan Sebantián Bollaín, María Cañas, Alain Resnais, Chris Marker, palabras de Cortázar o vídeos de Nicolas Provost. Ésta fue nuestra humilde aportación. Discutimos sobre todo esto y, afortunadamente, no llegamos a ninguna conclusión. A caso una, que la ciudad imaginaria aún está por construir.

 

Autor: admin
Publicado en: La ciudad imaginaria

Hace unos días volví a San Sebastián donde había estado solamente una vez hace unos 16 o 17 años. De aquella visita, sólo recordaba un museo de cera, un escenario de tumbas, autómatas que  simulaban ser fantasmas ensabanados y miedo, mucho miedo. La muerte, los autómatas y la cera, me di cuenta al volver, sólo eran fruto de una memoria despistada o caprichosa. Estaba claro, la ciudad que yo había imaginado no era real, sin embargo el miedo (y esto puedo demostrarlo) sí.

Este choque brutal con la realidad sucedió después de que sentáramos las bases de un proyecto que titulamos, cosas de la vida, la ciudad imaginaria. Digamos que en todos nosotros existía ya esa resistencia un poco infantil y quizá también un poco idiota, a aceptar la realidad tal y como se presenta ante nuestros ojos (si es que a caso, esa realidad existiera). Así que, si como demuestra esta anécdota de diván, la memoria puede ser tan ficticia y tan DIY, ¿por qué las ciudades no? De esta manera nos empezamos a plantear un proyecto sobre cartografías imaginarias, sobre cómo filmar una mitología ciudadana realizada a partir de imágenes directas, sobre cómo malversar una memoria de lo que nunca vivimos o una previsión sobre lo que no viviremos jamás.

¿Se puede filmar lo imaginario? Esta es la pregunta que lanzamos a modo de desafío para todos aquéllos que quieran instalarse con nosotros en San Sebastián. Quizá alguno de vosotros encuentre ese museo de cera, donde otros solo verán un viejo parque de atracciones mirando el mar.

***

El taller “La ciudad imaginaria” se realizará del 8 de julio al 19 de Julio en las oficinas de Tabakalera, Duque de Mandas, 32, Torre Atotxa.

El desafío al que se enfrentarán los participantes será el de construir un retrato-autorretrato de Donosti a partir de imágenes directas grabadas con sus equipos (teléfonos móviles, cámaras de fotos, etcétera).

El objetivo principal de este trabajo colectivo es reflexionar sobre las posibilidades del montaje, de la reescritura de imágenes y de la construcción de identidades a partir de la mirada del propio ciudadano sobre su entorno, sobre la memoria, sobre el presente y sobre el futuro imaginario de la ciudad.

Esta cartografía pretende reivindicar el poder del discurso mítico. ¿Dónde se encuentran los límites entre aquello que proyectamos y aquello que queremos ver? ¿Se puede configurar el mito a partir de imágenes tomadas directamente de la realidad? ¿Puede una imagen documental servir como material para una ficción poética, alocada o directamente salvaje?

Durante las dos semanas combinaremos proyecciones y reflexión sobre el tema con sesiones prácticas.

Primera semana: Obtención de un banco de imágenes.

Los participantes irán creando con las cámaras de sus móviles un banco de imágenes que retrate espacios, personas y sonidos de la ciudad.

Segunda semana: Creación de mitologías audiovisuales.

Mediante el trabajo de montaje y reflexión sobre esas imágenes obtenidas, los participantes crearán una mitología propia de su entorno más cercano.

Autor: Elena
Publicado en: La ciudad imaginaria

Con la llegada de las nuevas tecnologías a nuestras vidas cotidianas las posibilidades de generar y de exhibir un discurso audiovisual se han multiplicado.

Ahora podemos decir sin miedo a equivocarnos que el lenguaje de nuestro siglo, es el lenguaje audiovisual. Pero ¿somos conscientes del poder ideológico que este nuevo orden otorga a la ciudadanía? En los últimos años estamos asistiendo a una hiperproducción de imágenes audiovisuales, imágenes que sirven como crónica de una época pero también como el relato de las identidades que lo producen. Sin embargo, no estamos seguros de hasta qué punto la producción de este discurso es consciente de su repercusión.

Nuestro objetivo es abrir un espacio para reflexionar en torno a la cuestión del papel que ocupan los nuevos dispositivos audiovisuales en los discursos sobre la representación de identidades hoy. Trabajaremos así con la figura del Prosumidor Audiovisual (ese individuo que ya no es un mero espectador sino que es al mismo tiempo producer y consumer), reflexionaremos sobre el espacio común que delimita la red para la libre circulación de discursos audiovisuales (canales como YouTube o Vimeo, vine etc.), así como las herramientas de edición on line que facilitan un acceso popular a la creación audiovisual. En definitiva, intentaremos preguntarnos con todos aquéllos que estén interesados a pensar con nosotros, en qué medida este nuevo paradigma condiciona las maneras de construir un relato sobre nosotros mismos. De construir, al fin y al cabo, diversas identidades.

cuando: miércoles 26 de junio de 16h a 20h
coordinador: lacasinegra
participantes: max 30 personas

Inscripciones: #OPENMADRID

#OPENmadrid está organizado por Medialab Prado, la Universidad Rey Juan Carlos y Urbano Humano Agency.
Coordinado por Domenico Di Siena y Raquel Martínez Gutiérrez.
Colaboran el Observatorio para la Cibersociedad y Carpe Via.

Autor: lacasinegra
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Dijimos, sin pensar: cine y adolescentes. Inmediatamente respondimos: Spring Breakers, Los goonies, Deprisa, deprisa, Parchís. La adolescencia, ya lo sabemos, es uno de los temas recurrentes en la historia del cine, y sin embargo en el cine los adolescentes son siempre los mirados, pero nunca los que miran. Después añadimos una variante: sexo. Sexo, cine y adolescentes, y la cosa empezó a complicarse, creo que hasta alguno de nosotros se puso rojo.

Sin embargo a Pasolini no le tembló el pulso para cuestionarse cómo el cine representa un aspecto tan inherente al ser humano como el de la identidad sexual. No fue fácil. Si os dais una vuelta por la exposición que el CCCB acaba de inaugurar sobre el poeta, podréis comprobarlo vosotros mismos. La expulsión del Partido Comunista en 1949 por inmoral, el enfrentamiento con su padre, las críticas de la prensa y todo ese largo calvario público que lo llevaría hasta la muerte en la 1975, lo demuestran.

http://www.youtube.com/watch?v=9EhMJ-nBoUs

“Asesinado por el fascismo” escribieron los estudiantes en los muros de la Universidad de Bologia, “un crimen político” denunciaría después Mari-Antonietta Macciocchi a los cuatro vientos, por si a alguien le quedaba alguna duda. Pero ahí están Teorema, La trilogía de la vida (El decameron, Los cuentos de Canterbury, Saló o los 120 días de Gomorra) tantas y tantas imágenes  que se clavan, incisivas, en la retina para siempre. Pero entre ellas, y sobre todo, está la luminosa y apasionante Comizi d’amore.

Pasolini tuvo el coraje de hacer una encuesta nacional sobre los italianos y el sexo. Además de su inmenso valor como documento, lo que nos resultó demoledor cuando la vimos, fue que quizá muchos de los encuestados, no eran conscientes de que su respuesta estaba constituyendo una suerte de denuncia ante la falta de libertades sexuales que imponía una época, una educación y una fuerte tradición católica.

Pero más allá del reconocido lugar que ocupa Pasolini en la historia del cine y de la ideología ¿Qué es lo que puede aportar una revisión de su filmografía a la cuestión sexual contemporánea? Sin lugar a dudas, para nosotros: la construcción de una mirada salvaje.

Que el acceso a las nuevas tecnologías de la información, a las cámaras y las pantallas forma parte de nuestra vida cotidiana, lo sabemos todos. Que los adolescentes (esa generación de nativos digitales) ya no sabe expresarse sino a través de un dispositivo audiovisual, es un argumento que ofrece ya poca resistencia. Sin embargo, la cuestión que planteamos a través de este taller que realizamos dentro del marco de la exposición Pasolini/Roma es mucho más espinosa: ¿Son estos adolescentes conscientes del poder que les otorga el manejo de las nuevas tecnologías más allá de la simple anécdota? ¿Serán capaces los adolescentes del S. XXI de formular preguntas sobre la identidad sexual y no sólo de responderlas?

La mirada salvatge pretende establecer este diálogo con un grupo de participantes de entre 15 y 18 años que respondan a estas cuestiones a través de imágenes. Pero esta vez, no a través de imágenes que los otros hacen sobre ellos, sino las que ellos mismos creen. Sin límites, sin censura y a través de un intenso proceso reflexivo. Por una vez, el adolescente será el que mira y no sólo el objeto de la mirada. Y quizá -¿por qué no?- la respuesta sea un canto al hedonismo, una reivindicación de la libertad y de la belleza, lejos de cualquier prejuicio.

Esto no lo dijo Pasolini, pero en algún momento de la preparación de este proyecto, soñamos que lo decía: “El relato en primera persona sobre la adolescencia hoy, será un relato audiovisual o no será”.

 

 

Autor: admin
Publicado en: eventos

“Que Jonás es Jonás y es hijo de, y nosotros somos más bien hijos de puta, en todos los sentidos.” Esto me dijo X justo después de ver la película que seguramente será una de las películas de nuestra generación. De esta generación que no tenía derecho a la ideología ni a la nostalgia, de esta generación desahuciada, de esta generación que nació después del fin de una raza. De los ilusos.

X tenía razón, Jonás es hijo de quien es, y de ahí la inquina disfrazada de crítica, tan dolorosa, tan razonada, tan española y tan nuestra. Mala baba inherente a nuestra condición de imperio venido abajo. De ahí y de aquéllos, mas leídos, que sin citar a Trueba padre hacen la lista de todos los autores franceses que se saben de carrerilla: Rohmer, Truffaut, Godard, Rivette, Garrel. Y todo sin mencionar la cita mas evidente y que tiene menos que ver con la política autoral de los Truffaut, Rohmer, Godard etc… Elle a pasé tant d’heures sous les sunlights (Garrel,1985), o citando al Doinel de Truffaut sin citar al de Jean Eustache.  Da igual, lo importante es demostrar que hemos visto las películas, que conocemos los nombres y sobre todo, que Jonás es hijo de… Es hijo de tantas películas, de tanta gente y que nosotros somos una generación de hijos de puta.  ¿Y qué mas da? Si, por mucho y por muy rápido que avancemos, nunca habremos corrido delante de los grises, si por más que lo intentemos,  solo dejaremos el rastro de una herencia rancia, la traza del alcanfor en una ropa prestada.

Quizá y solo quizá, es por eso por lo que Los ilusos juega con la mirada hacia un cine primitivo, hacia un cine donde todo, incluso la esperanza, era posible. Ellos, los ilusos (lo siento, me cuesta mucho, viendo esta película, pensar en un autor al estilo de la nueva ola francesa y no pensar en un colectivo, que Jonás me perdone) inventan un origen apátrida y disperso que adopta diferentes formas: la de una película virgen -nunca el diccionario fue tan poético, tan preciso con una calificación técnica- de 16 mm, la de una pila de VHS encontrados en cualquier lugar, la de los pies de unas niñas, o la forma de ese  último beso de la mañana después del amor. Sobre el asfalto de una ciudad que tiembla. Madrid. Atenas. Lisboa. Poco importa.

Escribo esto desde una ciudad europea, una de ésas que antes se alineaban con las nuestras. Antes, cuando nosotros también fuimos Europa, y el Madrid de los ilusos me parece, más que nunca, una ciudad atómica. No nuclear, no apocalíptica. Atómica. Cuando, según el diccionario de la Real Academia, atómica significa la parte mínima de una substancia. Lo particular, lo esencial, lo inaprensible.

Madrid, tan ajena y tan propia al mismo tiempo. Esa ciudad que podría ser todas las ciudades o ninguna salvo ella misma. Una ciudad vaciada en la que de repente todos creemos haber amado, en donde creímos ser amados. Aunque esto no haya sucedido nunca, aunque esas calles no sean más que la sinécdoque de un todo indefinible, de un sentimiento de pertenencia a un parte más grande, aunque aun no sepamos muy bien cuál.

Y quizá esa parte no sea más que el todo contradictorio que describe una generación, con lo que ello tiene de individual y de colectivo. De sentimiento de soledad y de pertenencia a un grupo. Una generación perdida, narcisista, dispersa, silenciosa, descreída… como hemos oído tantas veces. Pero también una generación controvertidamente revolucionaria. Una generación ilusa. Una generación  bastarda que surge tras el desastre y en medio de la nada, cuando todo es posible, incluso creer. Una generación atómica.

Y esa generación es la que yo veo, la que X vio en Los ilusos. Una película que dialoga con la ingenuidad de un cine que nunca fue mudo sino no hablado. Un poema, un balbuceo. Y a ese cine-lengua-de-trapo, a esa última imagen atómica y esperanzadora de la generación que quedará cuando nosotros ya no creamos en nada, sólo se me ocurre añadirle unas palabras ( ¿a caso una continuación?) que Denis Lavant le dice a Mireille Perrier en Boy meets girl de Leos Carax (1984).

 

http://www.youtube.com/watch?v=DoeGYp0HOC8

 

Él

Je suis cinéaste (Soy cineasta)

Ella

Pour le cinéma ou pour la vidéo?  (¿de cine o de video?)

Él

Non, pour l’instant je veux que des titres que je voudrais faire. (No, por ahora solo veo los títulos de lo que me gustaría hacer).

Los ilusos

Autor: Elena
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Por si no se habían dado cuenta ya ha llegado la primavera, y por fin salimos de esta larga hibernación que nos ha tenido unos meses urdiendo proyectos, que no agonizando.

Mañana a las 20:00 se inaugura la exposición Smartcitizens en Centro Centro (Plaza de Cibeles 1, Madrid),  comisariada por Paisaje Transversal y en la que hemos tenido el placer de participar como artistas invitados (con la colaboración imprescindible de Ana Muñiz que nos aportó esa dimensión que nos faltaba para salir de nuestra plana visión 2D). Con este proyecto, el colectivo Paisaje Transversal, propone una reflexión sobre las nuevas tecnologías aplicadas a la ciudad poniendo el foco en la ciudadanía, porque como explican en su blog “no hay ciudades inteligentes sin ciudadanos inteligentes.”

Nuestra participación en esta iniciativa está basada en la reflexión sobre la(s) forma(s) de construir un relato sobre el espacio urbano. Basándonos en la plaza del Sol (km 0 geográfico pero también ideológico para toda una generación, lugar contaminado de significados y de lecturas diversas) hemos intentado tejer un mosaico en el que las diferentes perspectivas con que miramos la ciudad se superponen, se interfieren, interactúan. El relato ciudadano enfrentado al relato oficial que se hace sobre los símbolos de una ciudad, la crónica anónima que acogió al movimiento 15 M en Sol, el retrato de ciudadanos anónimos como imagen preponderante de un lugar frente a la imagen del símbolo monumental, son algunos de los elementos con los que hemos trabajado para esta exposición. Junto a ellos, también hemos desarrollado herramientas de participación interactiva y ciudadana como #Soltube que estará disponible a través de la red para que cualquier interesado pueda aportar su propia visión sobre el espacio urbano.

Todo eso con un fin último y ya muy conocido por nosotros (un poco proselitista también, ¿y por qué no?): hacer consciente al ciudadano de su poder como constructor de una identidad propia, como responsable de un relato personal y subjetivo. En definitiva: el triunfo de un relato prosumidor.

 

Smartcitizens

Del 19 de Abril hasta el 29 de Septiembre de 2013
Lugar: CentroCentro Cibeles de Cultura y Ciudadanía, 3ª planta
Dirección: Plaza de Cibeles 1, Madrid
Horario: De martes a domingo de 10.00 a 20.00
Acceso gratuito
Inauguración el 18 de de abril de 2013 a las 20.00
Autor: admin
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No sé qué sintieron García Lorca, Alberti o Cernuda en aquel homenaje a Góngora en El Ateneo de Sevilla en 1927. Ni lo que sintieron Chabrol, Godard, Truffaut o Rohmer ante el estreno de Los 400 golpes en aquel Cannes del 58. Pero seguramente fue algo parecido a lo que sentimos el viernes viendo El sur de Europa. Días de amor difíciles, la última pieza de La tristura.

Decadencia. Deriva. Amor. Política. Una revolución melódica. Lole y Manuel. Coplas. Pistolas. Chicas guapas. Chicos torpes que no saben bailar. Una voz de mujer perdida en medio de la noche como el canto de una sirena afónica. Godard y un crucero. David Lynch. Johnny Guitar. Johnny Guitar. Johnny Guitar y mentiras que se ruegan por todos los rincones.

Ése es, señoras y señores, El fin de Europa. Una apología del desastre. Como nuestra historia de amor. Como todas las historias de amor. He de confesar que nunca creí en las generaciones, quizá porque soy demasiado soberbia como para pensar que alguien se parece a mí. Que en el fondo, no soy más que el producto de una circunstancia histórica. Que ese beso que te di, no era el primer beso del mundo, sino un gesto repetido una y mil veces a fuerza de parecerse a los besos de los otros en las películas.

Y pese a todo. Salí de allí con la constancia de que ellos y nosotros, estábamos contemplando la misma debacle. El final de Europa, el final del (un) amor, y que ya era hora de dejar de pedir perdón a ésos que nos acusan de nihilismo. Aunque solo sea porque esta generación nihilista fue la que puso en marcha una revolución llena de ruido. Aunque solo sea porque esta generación nihilista y decadente sabe que el amor es mas frío que la muerte.

Seguramente este pensamiento no sirva para describir un movimiento generacional, sino para reconocer cierta forma perversa de patriotismo que se ha apoderado de muchos de los que marchamos. Quizá esto sea lo que me hiere tanto cada vez que voy a España y compruebo que no estoy allí, naufragando con los otros, sino que sobrevivo contemplando el desastre desde otra orilla.

Será esta especie de patriotismo idiota lo que nos hace creer que nos hundimos, lo que nos hace sentir como hijos bastardos de los Panero, lo que nos hace tararear viejas canciones de una guerra que no conocimos y que no es la nuestra. ¿Será este patriotismo idiota lo que nos hace estremecernos ante la misma idea de futuro, lo que nos hace intentar querernos y no saber? Será. Será que solo sabemos equivocarnos una y cien veces. Mil veces. Equivocarnos todos los días y encontrar la única salida en la huida permanente. En el abandono.

Un generación, ya lo sabemos, no se define por un grupo de gente que nace en el mismo año. Ni la nacionalidad, por el hecho de haber nacido en un mismo país. Sin embargo, esa noche más que nunca, me dolió España. Esa noche más que nunca, sentí que había llegado el fin de una raza. Y desde entonces repito la misma pregunta como una letanía: ¿Seremos capaces de bailar, ahora que todo el mundo está triste, ahora que ya nadie nos necesita, solo por el placer de ir a contracorriente?

El viernes, cuando salimos de la sala, ya era 23F.

Autor: Elena
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Nos enseñaron a comer. A vestirnos. A leer. A lavarnos los dientes tres veces al día, al menos una antes de acostarnos. A sentarnos en la mesa. A rezar. A respetar a las personas mayores. A ceder el asiento a las embarazadas, a los abuelos, a los heridos de la guerra.

Nos enseñaron que la democracia es la única salida.

También nos enseñaron a no mentir, a ser honestos, respetuosos. Gente de bien. Hasta que la mentira, la honestidad y el respeto se convierten en trampas demasiado dolorosas para la vida. Hasta que un día nos encontramos caminando al final del verano y a partir de entonces, no hay nada más que ruido.

Oslo, 31 de Agosto. Anders acaba de salir de una cura de desintoxicación y comprueba la desgarradora evidencia de que todo lo que le han enseñado, no lo salvará de un inminente naufragio.  ¿Por qué salir al encuentro de una ciudad, de una familia, de unos amigos que ya no le reconocen ? ¿ Por qué no volver a sumergirse en las substancias que lo protegen de todo y de todos? Tras la cocaína, el alcohol, el éxtasis, el speed y la heroína, Anders, al final del verano (al principio de su nueva vida) solo encuentra ruido.

« Me enseñaron a montar en bici y a remar. Me enseñaron como pasar hasta 20 km/hora el límite de velocidad. 60 en las zonas de 50 y 108 en las zonas de 90. Ella hablaba de cosas de adultos en inglés. Ella me enseñó a utilizar el hilo dental, a guardarlo todo en su sitio para evitar el desorden. Ellos detestaban a los reaccionarios. Esperaron mucho tiempo antes de abonarse al cable. Los dos eran de Oslo, las calles estaban desbordadas de recuerdos. Él escuchaba mal pero tocaba todo el tiempo.  Audry tiene la cintura fina. Los gouffres sobre el pecho. Para ellos era más importante el éxito intelectual que el deportivo. Él éxito, no se valoraba con las portadas mediáticas. Les gustaban las celebridades que no mostraban su vida privada en público. Me enseñaron a leer con un espíritu crítico y a despreciar a la gente que no se sabe expresar. Esto significaba que podía llevar a quien quisiera a casa. Él hizo un test de personalidad. Él declaró orgulloso que tenía una personalidad de artista. Él me explicó por qué la gente que aprecia el ejército no tienen ningún interés. Ella estaba a favor de la legalización de las drogas. Él quería  que prohibieran las barbacoas deshechables. La democracia era la única alternativa. Ella pensaba que Brigitte Bardot debería ayudar a los humanos antes que a los animales. Ellos respetaban mi vida privada. Puede que demasiado. Para ellos creer en Dios era una debilidad. Aún no sé si estoy de acuerdo. No me enseñaron a cocinar ni a cómo mantener una pareja. La suya funcionaba bien. Ellos no me dijeron que los amigos se evaporan y que se convierten en extranjeros, incluso si seguimos llamándonos amigos. Si algo no me gustaba, no me lo comía. Era libre de tomar mis propias decisiones, elegir mi trabajo, mi casa, a quién quería amar. Si necesitaba ayuda llegaban corriendo. Eran más duros con mi hermana que conmigo. »

Esta es la voz en off de Anders en Oslo, 31 de Agosto de Joaquim Trier.

Leyendo esto, recuerdo la última vez que vi a uno de mis mejores amigos. Hablamos del pasado, hicimos el recuento de las anécdotas que habíamos vivido juntos. De las canciones. De unos cuantos cientos de películas. De lo que (nos) quisimos y de lo que (nos) odiamos. Después él calló, yo también. El silencio se instaló como una tormenta al final del verano. Inesperada, brutal, irreversible. Nos miramos a los ojos y ambos supimos que aquélla sería la última vez. Antes de despedirnos quedamos para vernos pronto, nos reprendimos por no escribirnos más a menudo.  Los dos nos avergonzamos de no parecernos casi en nada a aquéllo que hace años, dijimos que seríamos.

Mientras me alejaba todo se llenó de ruido.

Mientras me alejaba repetí una vez. Mil veces, que nunca enseñaría nada a nadie.

Mientras me alejaba repetí una vez. Mil veces, que la vida no es más que un paseo en la penumbra, un cuento narrado por un idiota, lleno de ruido y de furia, que nada significa.

“Life’s but a walking shadow, a poor player/ That struts and frets his hour upon the stage / And then is heard no more: it is a tale/ Told by an idiot, full of sound and fury/ Signifying nothing.”

 

 

 

 

 

 

 

 

Autor: Elena
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Apocalipsis significa revelación. El descubrimiento de un nuevo orden. La certeza del cambio. Apocalipsis, en un sentido estricto, no es lo mismo que el abismo. ¿Por qué entonces el apocalipsis se relaciona con el fin del mundo?

En un libro recientemente publicado por la editorial Capricci (L’apocalypse au cinéma) el filósofo Peter Szendy intenta desmontar esta lectura equivocada de la idea de apocalipsis como el final del todo, como la irrupción de la nada en forma de castigo divino, de catástrofe natural o de guerra nuclear (tres de las ambientaciones típicas de ese cine que ya conforma un género en sí mismo). Tras un repaso por algunos de los títulos más importantes del presunto género (Melancolía, Blade Runner, The Last Man On Earth, Cloverfield, Terminator, A.I. o 12 Monos) Szendy aventura una hipótesis esclarecedora: que el fin del filme, es en realidad el fin del mundo.

En estos tiempos convulsos en los que cualquier gesto parece la señal inexorable del fin, el cine no podía quedarse al margen del anunciado apocalipsis. El fin del mundo, se contaría también como el final del cine. El autor explica así porqué el apocalípsis en el cine es también una manera de formular su propio final. Sin embargo, pese al gran número de películas que engrosan el género, es difícil encontrar una que sobreviva al fin del mundo. Entre las diferentes formas de destrucción apocalítica, existen muy pocas (en fin, ¿existe alguna?) en las que el anunciado final no acontezca. ¿Por qué nadie ha filmado un fiasco del fin del mundo? ¿Qué pasaría después del momento culmen en el que el mundo, no se acaba? ¿Por qué nadie ha hecho una película sobre el 22 de Diciembre Maya, cuando todo pareció seguir su curso habitual, e incluso previsible?

Seguramente exista algun ejemplo y yo no lo conozca. Quizá sólo nos falte un poco de ironía, de ganas de reírnos de nuestros propios fantasmas. Tal vez la concepción bíblica del apocalipsis, ésa que no anuncia el final sino que amenaza con un estrepitoso cambio de orden, no sea suficiente para cumplir las expectativas del terror. Quizá para entender el apocalipsis, necesitemos imperativamente constatar que hay un abismo después. Parece que no basta con tener la firme certeza de que el abismo está en nosotros mismos y que no estallará con una guerra nuclear.

Pensando en que la idea del abismo es la única que me convence para entender el final de las cosas, me he acordado de dos finales que suponen para mí el apocalipsis. La caída inevitable hacia el abismo, la confirmación de una fatalidad que no está en ningún lugar otro, sino en nosotros mismos.

El final de L’avventura de Antonioni y el final de L’enfant secret de Garrel. En ellos, los personajes se saben unidos por un destino fatal. Cayendo estrepitosa, inevitable, aceleradamente, hacia el vacío. Hacia lo oscuro. Marcando el camino hacie el apocalipsis. Franqueando los límites de su mundo tal y como lo habían conocido hasta ese momento, siendo conscientes de que todo lo que creían sobre el otro era mentira, y pese a todo, ahogándose juntos en lo oscuro.

http://youtu.be/t0GTxhkPZ5E?t=1h28m13s

Mónica acaricia la cabeza de Sandro. Jean-Baptiste (llamado como Juan, el evangelista del apocalipsis) la de Elie. El final de la película no anuncia el final del cine, sino el final del amor ciego, el final de la inocencia. El principio del abismo.

Y aunque no la tenga, si este post tuviera música, sonaría así.

Autor: Elena
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Hace unos días, Gabriel pedía un rifle que le salvara, que le comunicara con una generación que alcanzaba su final. Quizá la única forma de salvación posible. Quizá. Quién sabe.

Hoy he visto que en el spot de Campofrío para (¿celebrar?) la navidad, Candela Peña dice que “exportamos la generación más preparada de la historia”. Exportados. Como el salchichón, como las naranjas. A lo que una joven que arrastra una maleta responde que volveremos…¿Volveremos?

Cierro los ojos y aparece una imagen verde y titilante en un televisor de rayos catódicos. 1985, Felipe González anuncia que España entra en la Unión europea. 1989, veo gente que recoge los restos de una frontera de cemento. Cierro los ojos de nuevo y veo a Cobi y veo a Curro y veo una flecha improbable encender una llama. Y todo parece de cartón piedra, pero huele a nuevo. Huele a cemento. Huele a futuro. Cierro los ojos y veo cientos de estudiantes, de padres y de profesores celebrando las bondades del programa erasmus. También hay reportajes sobre ello en la televisión.

Cierro los ojos, y escucho a mi padre intentando explicarme que éste no, no era el país que ellos querían para nosotros.

Me pide perdón y dice que todo lo que me ha enseñado no sirve para nada. Me dice que siente dejarme una maleta y una España de la posguerra. Yo intento entenderlo, y vuelve esa secuencia de imágenes que he ido archivando a lo largo de los noventa bajo la etiqueta de Europa, y me pregunto en qué momento dejamos de celebrar el flujo libre de personas para hundirnos en el complejo del exilio. En qué momento dejamos de ser promotores del viaje para convertirnos en productos exportados. Para devenir naranjas, salchichón.

¿Encontraremos algún día ese rifle que nos salve?

Y como no soy capaz de responder, me pregunto de nuevo si volveremos. ¿Volveremos? ¿Volveremos? ¿Volveremos? ¿Volveremos? Y esa palabra se queda anclada en mi cabeza, y ya sé que se quedará por mucho tiempo.

Otros me han dicho que huir es de cobardes y que ahora hay que quedarse a resistir la tormenta como los otros. Que ahora no. No es el momento de irse. O no lo dicen pero lo insinúan.

Entonces, busco en el diccionario las diferencias entre: Inmigración, exilio, destierro. Y descubro una que me calma, aunque no sé si existirá de verdad. La emigración golondrina. Según la RAE: es aquélla en que el emigrante no va a establecerse en otro país, sino a realizar en él ciertos trabajos, y después vuelve a su patria. Alguien me ha advertido después, que la golondrina sólo vuelve al nido si sobrevive.

http://www.youtube.com/watch?v=8jVIW-ZIby4

Miro estas imágenes de los inmigrantes españoles de los años 60 llegando a Suiza, ese país en el que he vivido durante 5 años. En el documental cuentan que los españoles llegaban a la frontera tras 15 horas de tren y aguardaban colas interminables, paralizados por la incertidumbre de no saber si pasarían al otro lado. Aterrados. Y que aterrados entraban en ese país que para ellos sólo era “el de los coches bonitos, el de la cruz roja, el de la prosperidad”. En la maleta: un licor del país, un chorizo y las fotos del pueblo que dejaban, sin saber cuando volverían.

Intento explicarle a mi padre que, pese a todo, ni el país que yo dejo, ni mi maleta, son los mismos que los que dejaron ellos. Y que en su pena y en el llanto de los otros, hay un rastro de cinismo. Pero creo que no me escucha. Tengo la certeza de que no me escucha.

Y yo, sólo puedo decirle, que ya no respondo por el nombre que me puso. Que hoy, mi patria es una patria de piedras que se deshacen sobre la arena. Y que mi nombre, es como el nombre de los otros.

“¿Qué quién soy? Me llamo Pedro Páramo como todo el mundo. Mi familia es aire y yo soy la mezcla de las voces y recuerdos de distintos muertos.”

Autor: Elena
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