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A continuación publicamos otra entrada del dossier culturas libres que cuestiona la postura que determinados medios e instituciones nacionales están tomando frente al tema de la libre circulación de contenidos en Internet. El autor de este texto no pertenece a lacasinegra pero ha participado en las discusiones generadas en nuestro entonrno. De esta manera, intentamos fomentar algunos de nuestros objetivos principales como colectivo que son la transparencia y el debate. Que lo disfruten.

¿A quién teme Javier Marías?

La actitud del tertuliano ha cundido en España de manera inquietante. Alcanza cada vez más temas y a más distintos sectores y, lo que es peor, se ejerce con auténtico virtuosismo. El tertuliano suele reivindicar antes que nada su ignorancia en el tema para a continuación, como quien une causa y efecto, lanzarse a pontificar sobre él. Si dicho tertuliano denota un bajo nivel cultural o es patrocinado por medios más o menos sensacionalistas, la situación resulta simplemente incómoda y basta con hacer oídos sordos a tan necias palabras. Sin embargo, cuando se trata de un notorio representante de nuestro ámbito artístico, miembro de la Real Academia Española, premio de la Crítica, Rómulo Gallegos y Fastenrath entre otros; y cuando el medio que le da soporte es el periódico más leído en castellano, perteneciente a la plataforma de comunicación más potente del mundo hispanohablante; entonces, el osado tono de tertulia pasa de incómodo a preocupante, cuestiona la calidad de nuestro periodismo y, por extensión, del nivel informativo medio de nuestra sociedad sobre el presente. En otras palabras, ese medio y ese tertuliano no son como los demás. Merecen la pena de una lectura y, en su caso, de una protesta, de no callar como quien otorga ante semejante derroche desinformativo. Me refiero a Javier Marías en su artículo “Y los robos presentes” publicado por EL PAÍS Semanal.

En dicho artículo, el novelista madrileño aborda un problema que siente muy cercano a sus intereses: la gestión de los derechos de autor en Internet. Para ello empieza con un tópico de modestia rayano en el cinismo y, refiriéndose a los ordenadores, nos advierte: “Yo ni siquiera tengo uno”. Sobre la base de esta carencia, Marías lanza una invectiva a la piratería virtual señalando primero sus causas y vaticinando después sus desastrosas consecuencias. A su entender, el origen del problema residiría en “dos creencias disparatadas, desvergonzadas y nuevas, a saber: que la cultura es de todos y que debe ser gratuita”. Sus afrentosos responsables: José Mª Aznar y José Luis Rodríguez Zapatero, es decir, la contemporaneidad política misma (nacional por supuesto) más allá de toda distinción partidista, esas tres últimas legislaturas en que la mayoría de los hogares españoles se ha conectado fatalmente a una red virtual mundial.

España y el mundo, no obstante, son un poco más viejos que eso, y tal vez el señor Marías olvida que antes de Internet ya se compartía cultura, que los poemas de nuestro Romancero Viejo nacieron huérfanos de padre y madre, recitados de boca en boca y sin ánimo de lucro; o que Garcilaso de la Vega copiaba a Petrarca y Sannazaro y le alababan por ello; o que el Lazarillo de Tormes nos regaló la novela moderna sin decir esta boca es mía. Quizá también olvida las antiguas lecturas en voz alta que se hacían gratis et amore para la muchedumbre iletrada. En el Quijote (I-32) hay un hermoso testimonio de tan generosa costumbre: “… cuando es tiempo de la siega, se recogen aquí las fiestas muchos segadores, y siempre hay algunos que saben leer, el cual coge uno de estos libros en las manos, y rodeámonos de él más de treinta y estámosle escuchando…”. Y esto por ceñirnos solamente a ejemplos literarios de nuestro pequeño mundo peninsular.

Todo el mundo lo sabe, señor Marías, y usted también: la moderna noción de autor, como propietario de una parcela intelectual, nació con el Romanticismo. Antes de eso, sin Internet ni ordenadores, se guardaban con menos celo la firma y los derechos por ella devengados. Muchos entendían la cultura como un bien común (con sus eclesiásticas excepciones). Tanto es así que, en 1948, la Declaración Universal de los Derechos Humanos estableció en su artículo 26 que “Toda persona tiene derecho a la educación. La educación debe ser gratuita, al menos en lo concerniente a la instrucción elemental y fundamental […]”. La educación, hasta donde se sabe, es cultura. Dónde esté el límite entre lo fundamental y lo no fundamental es más discutible, pero precisamente por eso nos hallamos ante una cuestión de grado: no se trata de estar a favor o en contra de una cultura gratis y para todos, sino de establecer hasta dónde es fundamental y a partir de dónde no. Tener primera fila de palco en el Festival de Bayreuth o entrada libre en el de Cannes no es fundamental para la instrucción de nadie. En cambio, acceder sin gastos a un CD con la música de Wagner o a un DVD con la última película de Godard puede ser importante para la instrucción de una persona. Así lo entienden, en otro ámbito, los museos que abren gratis sus exposiciones permanentes una vez al mes (pienso en París). Este libre derecho y su generalización no es disparatado, ni desvergonzado, ni nuevo, señor Marías. Tampoco lo inventaron Aznar ni Zapatero.

En cuanto a las consecuencias del tráfico virtual, usted augura nada más y nada menos que el fin del arte: “Esto es lo que seguramente va a pasar con la cultura y el arte. Dejarán de hacerse”. Después de todos los siglos de barbarie que ha sufrido la humanidad, de todos los saqueos de bibliotecas, las quemas de libros eventualmente acompañados de sus autores, las censuras y expurgaciones políticas y religiosas, el secuestro de la cultura en los templos… después de todo eso, señor Marías, usted cree que Internet va a dar al arte y la cultura tan preludiado golpe de gracia. Si se refiere al comienzo de una forma nueva de transmitir el conocimiento, a una crisis como transición a lo nuevo, entonces creo que la mayoría de la población mundial estará de acuerdo. Pero si se refiere a un holocausto intelectual, a que la población más alfabetizada de la historia deje de producir y consumir textos, sinceramente, señor Marías, nos han decepcionado tantas veces con el mismo Apocalipsis que se hace difícil seguir teniendo miedo. Adorno dijo que después de Auschwitz era imposible escribir poesía. Fukuyama nos alertó hace años de que la Historia había terminado aunque el mundo siguiera girando. Desde su nacimiento, el cine fue una especie de Edipo predestinado a matar a su padre, el teatro, y la televisión iba a acabar con el cine, e Internet con el cine y la televisión, y los antiguos gramófonos con las salas de conciertos antes de que los walkman, discman o iPod renovaran la amenaza… Se llama misoneísmo, señor Marías, miedo a lo nuevo, y es viejo como el mundo. Sin embargo, una gran parte de nuestra población no tiene miedo y alterna el uso de nuevas tecnologías con la salida de casa para escuchar música en directo, ver imágenes en pantalla grande, contemplar a actores en escena o comprar papel impreso. Algunos grupos de música incluso han regalado sus canciones en Internet para después publicarlas en un CD sin menoscabo alguno de sus discográficas. No tienen miedo, señor Marías. Usted entiende, en cambio, que esto sería como robar el género a un jamonero: “Lo más probable es que, a la larga si no a la media, ese gran jamonero cerrara el negocio y ya no hubiera jamón”. El fin del arte sería para usted como el fin del animal de bellota. Quizá su paralelismo es poco exacto y los bienes intelectuales no plantean los mismos problemas que bienes fungibles como los alimentos. El jamón que alguien consume no puede ser consumido por otro después, ni siquiera por la misma persona varias veces, al contrario que una canción, una película o un libro. Además, el jamonero no inventó la fórmula de su producto, sino que la repite hasta el infinito de sus predecesores en el oficio, por lo que sus derechos no son de autoría, sino de copia. La simplificación de un problema complejo, señor Marías, es un falseamiento del problema. Por desgracia, su opinión y la de EL PAÍS tienen tanto eco que la actual ministra de Cultura también nos habla de jamones.

En resumidas cuentas, señor Marías, usted es un hombre sin ordenador que pertenece a la Real Academia (cuyo diccionario online es gratuito, por cierto), que publica sus novelas en Alfaguara y sus artículos en EL PAÍS (también gratuito en su edición digital), pero que ha de pagar sus facturas y siente cerca el fin del arte. Éste nos depara, en su opinión, dos opciones: o el susodicho abordaje de los piratas virtuales o, muy al contrario, el salvamento estatal de la cultura que torpedean los internautas bajo la línea de flotación. Este segundo supuesto nos llevaría, según usted, a “Un modelo dirigido, burocrático, politizado, funcionarial, en el que se premiará a los dóciles y a los amigos del Gobierno de turno, los únicos facultados para escribir libros y hacer cine o televisión”. Por desgracia, esto ya pasaba antes de Internet y sigue pasando sobre todo en el ámbito audiovisual, especialmente caro. Es indeseable, desde luego, pero no es culpa de las nuevas tecnologías. Y si la situación llegara a los extremos que usted dice, el Estado extraería sus fondos, como lo hace hoy y lo ha hecho siempre, de los propios internautas que, fuera del mundo virtual, reciben entre otros el nombre de contribuyentes.

Así las cosas, no se sabe a quién teme usted más, señor Marías: si al liberalismo desaforado de las descargas virtuales o al ultra-proteccionismo de una nueva excepción cultural. El panorama que nos dibuja, en cualquier caso, es desolador. Quizá usted no ha pensado que quienes sí tienen ordenador se enfrentan a posibilidades de descarga muy diversas, de autores vivos y muertos (con herederos o sin ellos), de amigos que intercambian material privado en P2P, de anónimos que quieren compartir su producción con otros anónimos, de usuarios que manipulan obras conocidas para crear productos nuevos. Pienso ahora en películas anteriores a Internet, como Canciones para después de una guerra (1971) o Caudillo (1974), en que Basilio Martín Patino campó a sus anchas por el archivo y extrajo autoría de las junturas de la copia. Pienso también en algunos grandes de la literatura que han cuestionado sus propios derechos, como J. L. Borges cuando utilizaba la tercera persona para aludir a sí mismo en su microrrelato Borges y yo: “Nada me cuesta confesar que ha logrado ciertas páginas válidas, pero esas páginas no me pueden salvar, quizá porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje o la tradición”. La nómina de ejemplos, recientes y antiguos, sería interminable. Yo sólo quisiera recordarle, señor Marías, que como todo mundo habitado, el de Internet es plural y complejo, y que reducir la pluralidad de las descargas a la peyorativa singularidad de la piratería no es más que una nueva simplificación del mismo problema complejo, y por lo tanto un nuevo falseamiento de dicho problema. Hay muchos tipos de internautas, muchos tipos de descargas y algunas totalmente legítimas. En resumidas cuentas y como dicen al otro lado del Atlántico: no es el copyright, señor Marías, es the right copy.

Jean E. Ralbol

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Autor: lacasinegra
Publicado en: culturas libres dossieres

4 Comentarios a “culturas libres”

  1. Majinha dice:

    Ole, ole y ole!! Totalmente de acuerdo.

  2. juan dice:

    ¡BRAVO!

    Increible pero cierto he conseguido llegar hasta el final del tirón y cogiendo ritmo.
    Muchas gracias por el texto (necesitaba algo así)

    pd. En un momento de la lectura me ha venido a la cabeza una viñeta de Albert Monteys que puede servir de guarnición a este peazo de filete que nos habéis servido:

    http://www.obsoletos.org/2009/11/grandes-momentos-del-matar/

  3. gabriel dice:

    buenísima la viñeta, juan.

    y sí, el texto de nuestro colaborador anónimo se lee de un tirón y dice verdades como puños.

    un abrazo.

  4. Álvaro dice:

    Como ya expresé en la entrada anterior, también estoy de acuerdo con el fondo de la cuestión y en lo de las simplezas de la argumentación de Marías. Pero hay que admitir que partimos de una posición tan ventajista, populista y carismática, que el tanto por ciento de nuestros esfuerzos destinado a la crítica debería ser ridículo comparado con el invertido en proponer nuevas formas de negocio. No olvidemos que, si bien se han escrito verdades como puños sobre la historia y la tradición oral (a la que en parte estamos volviendo), el liberalismo es una realidad relativamente reciente. Al mismo tiempo la posmodernidad ha potenciado la valoración de lo individual (claro ejemplo es el fracaso del movimiento hippie y de las seudorevoluciones encabezadas por universitarios) y del espectáculo-espectacularización (decisivamente capacitado por la inversión de importantes capitales), luego no pensemos que nuestras razones se tornarán realidad social por su propio peso pues necesitan de un intenso debate constructivo que vaya más allá del siempre pobre determinismo.

    Un saludo a todos.

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