Hay ciertas palabras cuyo uso las convierte en armas, en la expresión de una ideología o de un movimiento. De alguna forma, estas palabras a veces pierden el significado original, o son complementadas con capas que la transforman y la solidifican, convirtiéndose estas palabras en peligrosas, en un enemigo del sentido común.

Supongo que estoy cabreado, que hay algo que me inquieta, y por eso he decidido escribir este post. Estos últimos tres días he estado en un festival de animación al que he sido invitado a dar una conferencia sobre mi trabajo en animación. He ido a cientos de festivales similares y siempre me encuentro con dos palabras que, por lo significativas que son en este mundillo, se han convertido en tremendamente peligrosas, al menos a mi entender. Inspiración y creatividad, o en inglés (idioma en el que su peligrosidad aumenta) “inspiration & creativity”. Son palabras que oigo constantemente. “Tal artista resulta tremendamente inspirador.” “Este festival potencia la creatividad.” Son algunos de los usos de estas palabras. Entorno a estas palabras se ha articulado un discurso que convierte el arte (si es que existe) en la más valorada mercancía. La expresión convertida en obra es un bien cuantitativo, se venden ideas, se compran obras. No es que el arte no tenga su propio mercado, que lo tiene, pero la creatividad nos convierte en ingenieros de la expresión, productores, obreros que generan obreros, mercancía, al fin y al cabo.

Eso es lo que convierte estas palabras en peligrosas, su capacidad de transformar el pensamiento en mercancía de la industria y al mismo tiempo resultar en un placebo para el productor, una autocomplacencia cuya base está en el hecho de estar haciendo lo que queremos, el “free will” o libre albedrío. En definitva, sentir que nuestra vida es justa con nuestros ideales, que progresamos, que estamos en paz con nosotros mismos. La inspiración y la creatividad son símbolos, que erróneamente se adjudican a actitudes proactivas cuando en realidad se han convertido en armas instrumentalizadas por el capitalismo para convertir nuestras creaciones en mercancía, en capital, en un valor pasivo.

Hace un par de días murió Steve Jobs, adalid de estos dos términos, empresario voraz y creativo incombustible. En esta conferencia en una universidad pretendía impulsar a los estudiantes a emprender, a atacar sus sueños, inspirándose en sus palabras. Pero yo sin embargo me quedo con las palabras de Richard Stallman, gurú del open source, al enterarse de la muerte de Jobs.

No daré más vueltas, y aunque algunas de las cosas de las que he hablado pueden hacer que se me tilde de incongruente, sentía cierta necesidad de hablar de ello. Los símbolos son enormemente útiles como herramientas ideológicas. Pero parece que nuestra propia sociedad ha reconvertido los símbolos de nuestras revoluciones individuales y colectivas en armas en nuestra contra, como las máscaras de V de Vendetta en el 15M. En cualquier caso, espero llegar a conclusiones más profundas algún día y que esto sea un simple esbozo.

La sociedad del espectáculo … igual que presenta los seudo bienes que han de codiciarse, ofrece a los revolucionarios locales los falsos modelos de revolución.

La société du spectacle, 1967, Guy Debord

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Autor: Carlos
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