Lo prometido es deuda y como lacasinegra es gente de palabra (otra cosa no, pero palabras tenemos de sobra) aquí estamos. Tengo el honor de ser la encargada de redactar el post de conclusiones de nuestro último proyecto Pas à Genève en el que hemos invertido gran parte del verano y que todavía estamos cocinando.

Como en todas familias -las buenas y las malas- en la nuestra los veranos y los trabajos siempre van acompañados de discusiones, momentos de hartazgo y momentos de éxtasis que exaltan la fuerza de la comunidad. No íbamos a ser menos. A lo largo de los 10 días que pasamos en Ginebra y también de los días posteriores en Zaragoza hubo de todo: muchas discusiones sobre las posibilidades del proyecto, cuestiones personales veladas, momentos de gloria que sólo nosotros sabíamos ver y un sentimiento que nos ha motivado (y también desconcertado un poco) hasta la fecha: la incertidumbre sobre los resultados de nuestro experimento audiovisual.

En teoría, Pas à Genève se planteaba como la construcción de un mapa audiovisual sobre un terreno muy muy acotado que pusiera en evidencia el concepto clásico de la mirada del turista en una ciudad extranjera. Éste proyecto tenía dos dimensiones básicas que podrían haber interactuado o que podrían haberse anulado mutuamente: la dimensión del científico cuyo objetivo es cartografiar exhaustivamente el espacio y la dimensión del cineasta que busca construir una experiencia estética a fuerza de mirar. Aunque ni uno ni otro hayan elegido el espacio sobre el que trabajan.

Como hemos discutido después, nosotros no somos científicos, sino cineastas (y eso, aún sería discutible para según quién), por eso quizá cada uno haya tomado uno de esos caminos por su propia cuenta y pueda sentirse satisfecho o decepcionado con los resultados. Es lo que tiene el trabajo colectivo. Algunos, por ejemplo, mucho más sensible a la lógica de sistemas, se empeñaron meticulosamente en seguir las reglas del juego que nosotros mismos nos habíamos impuesto y, para ellos, el proyecto había fracasado pues no habíamos sido capaces de seguir un sistema autoimpuesto y por eso Pas à Genève no podría considerarse una cartografía ni una taxonomía como en algún momento lo planteábamos. Para otros, el interés del proyecto estaba más en nosotros mismos y en nuestra propia experiencia como observadores. En este caso, el hecho de desesperarse, de saltarse las normas, de quedarse absorbido por el espacio o sentirse completamente ajeno era el objetivo del proyecto más allá del resultado final.

En mi opinión personal (la más escéptica desde el principio) lo realmente interesante de Pas à Genève es la manera de construir un proyecto concreto a través de varios elementos donde sólo en conjunto tiene sentido. En muchos de nuestros trabajos, los elementos consumidos de manera individual no tienen el valor que adquieren en el conjunto. Creo que la fuerza de nuestra apuesta en general y de éste proyecto en particular está mucho más en los espacios que conectan cada una de las piezas que en las piezas en sí mismas.

Pas à Genève tiene sentido cuando se lee como un todo, como una mecánica que articula la concepción gráfica de un mapa (que os presentaremos mañana), la propuesta de una leyenda basada en el lenguaje cinematográfico y compuesta por planos fijos (= puntos), planos secuencia (=líneas) y montajes (=áreas), y por un conjunto de piezas que conforman el paisaje de ese lugar y en ese momento. Estos elementos por separado quizá no tengan un valor rotundo, pero juntos conforman, en mi opinión, una apuesta muy potente. Quizá sea un error poner el acento más en lo que no se muestra que en lo que se muestra, más en las líneas de transición que en los puntos de apoyo, pero así es lacasinegra. Un colectivo militante de las estructuras líquidas, aunque éstas sean las últimas en las listas de ventas del mercado audiovisual.

Y pensando en estas cosas, no sé por qué me he acordado de una cosa que escribía Houllebecq en su última novela, El mapa y el territorio, que casualmente también habla sobre paisajes, arte, turistas, y sobre un pintor que fotografía mapas Michelín y plantea sus obras como series. Así explica Jed Martin lo que yo intento decir con mucha menos elocuencia:

De un cuadro a otro intento construir un espacio artificial, simbólico, donde pueda representar situaciones que tengan un sentido para el grupo.

Y aquí seguimos, militando en colectivo y en espacios cada día más artificiales.

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Autor: Elena
Publicado en: pas à Genève

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