Hace dos veranos, al poco de volver de rodar el viento en Herrera de la Mancha (Ciudad Real), Jorge y yo hicimos un montaje de poco más de media hora utilizando la parte de los brutos en los que aparecían Elena y él. Durante este tiempo nos hemos referido a la pieza como “el mediometraje” y, aparte de que hay detalles que no terminamos de pulir, nunca hemos tenido muy claro como darle difusión (una vez incluso pensamos convertirlo en un serial al más puro estilo radiofónico o de las novelas por entregas). Porque sí, dura más de 30 minutos, es mudo y su tempo no hace de la pantalla de 15″ de un ordenador portátil su hábitat natural. Así que han sido muchas las conversaciones en las que, partiendo de este ejemplo paradigmático para nosotros, nos hemos cuestionado acerca de la adecuación de nuestras creaciones a internet, eje principal de toda nuestra estrategia de difusión.

Está claro que la gente en internet consume principalmente piezas de menos de 10 minutos (estándar YouTube) o series de televisión cuya duración varía entre los 20 y los 50 minutos. Pero claro, un mediometraje deudor del cine de Lisandro Alonso y Bela Tarr supone un esfuerzo mayor para el espectador. Yo mismo reconozco que las veces que lo he visto en mi portátil me ha costado mantener la atención. Y además es mudo, no lo olvidemos. Es mudo porque cuando rodamos esos brutos jamás pensamos en el sonido, sólo en la imagen, así que me parece más humilde y coherente reconocer que el viento siempre fue una película muda. Lo contrario me parecería la reducción del sonido a correveidile de la imagen. Cosa que, desgraciadamente, es bastante usual en nuestro cine, entre los viejos y entre los jóvenes.

En estas estábamos, cuando un día le pusimos a Iris el mediometraje de el viento aprovechando que había traído su proyector a casa. Lo hicimos un poco en broma, pensando que pediría clemencia a los 5 minutos, pero para nuestro asombro le encantó. Mudo y todo. He de decir que tenemos un salón de 7×3 metros con techos bastante altos, por lo que las condiciones de proyección se asemejan bastante a la de las salas pequeñas de los multicines o las estándar de los cines de versión original. Esto resultó un alivio, ya que comprendimos que el viento el mediometraje era una pieza para ser exhibida en pantallas grandes y con un público predispuesto a centrar toda su atención en la película. Público activo se le llama.

Así que medio en broma medio en serio, el otro día me propuse hacer la versión para internet de nuestro mediometraje, y tras un visionado decidí que este plano secuencia que he seleccionado es la piedra roseta de toda la película y que sus 3’23” condensan bastante bien la esencia del mediometraje. Sin olvidar que es independiente y autoconclusivo y su duración encaja dentro de los canones de la generación YouTube.

Además matamos dos pájaros más de este mismo tiro. Por un lado, volvemos a cumplir una de nuestras máximas como colectivo: partir de un mismo material para confeccionar piezas de diferente formato que dialoguen entre sí y tengan una esencia común. Por otro, solucionamos algo que nos inquieta bastante últimamente, ahora podemos pensar en mandar el viento el mediometraje a festivales que te exigen estreno y, al mismo tiempo, y sin incurrir en ninguna ilegalidad, mostrar esta versión de el viento pensada específicamente para internet. Ah, por si no hemos conseguido parecer suficientemente transparentes, os diré que esta secuencia que ahora conforma el viento para internet es un homenaje, copia o está inspirado -que cada uno elija su aventura- en un cortometraje de Sergio Candel que se titula Tres en playa.

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Autor: gabriel
Publicado en: el viento proyectos

4 Comentarios a “el viento, versión para internet”

  1. Carlos dice:

    Un formato que se popularizó con internet es el trailer, ese vehículo comercial para vender una película para que vayas a una sala comercial a verla, y quizá de lo que se trata ahora es de elevar la categoría del trailer, despojándole de su condición de herramienta secundaria y convirtiéndolo en parte principal del proyecto. Quizá olvidándonos de la palabra “trailer” y llamándolo pieza. En cualquier caso, se abre un camino más que interesante en el que investigar, empezando por desindustrializar las herramientas industriales y posteriormente buscando el formato ideal para cada uno de los proyectos.

  2. María dice:

    Da gusto que el viento sea abierto, pero más gusto da darle forma (no diré ir concluyendo). Además una reflexión muy acertada sobre los tiempos en internet. Otra discusión son los contenidos, qué forma es más adecuada para internet, ¿si dividimos una película en capítulos es una miniserie para internet? ¿es un minidiario? ¿son microcápsulas audiovisuales? ¿necesitarás una estructura con un principio y un final para que te apetezca seguir viendo el siguiente trozo?

  3. gabriel dice:

    @ Carlos
    Me mola mucho la idea de convertir los trailers en piezas independientes y autosuficientes. Lisandro y Godard ya lo han hecho. Yo en ‘Los galgos’ lo he intentado. Y sí, creo que esta versión de ‘el viento’ para internet podría entenderse como un trailer del mediometraje, pero a la vez independiente y autosufieciente. Esto quizá radique en la propuesta estética (gran plano general para una propuesta intimista, mudo y en plano secuencia y con un etalonaje que más que personas nos permite ver figuras) y en el hecho de que es autoconclusivo.

    @ María
    La pregunta respecto a los contenidos audiovisuales e internet, creo yo, es la que siempre se ha hecho con la cultura y el arte: ¿te adaptas a la demanda o tratas de proponer alternativas y educar?

  4. Álvaro dice:

    Muy interesantes las reflexiones, chicos, así como la pieza y las vías que abre. La modulabilidad de un proyecto como el viento plantea sugerentes posibilidades estéticas y nuevos retos de visibilización y también de pedagogía, como apunta gabriel. En internet pero también ante su proyección pública en muestras, festivales, etc. donde una pieza así puede cuestionar con gracia las categorías de tráiler, corto, videocreación etc. donde se la pretenda ubicar, y transitar así por todos esos territorios liminares sin barreras. Que le ponga cada uno la etiqueta que crea a esa forma, que lo jugoso está en lo que cada uno piense antes de decidir el etiquetado; y también despúes, de forma que pueda generar un replanteamiento continuo y fértil, tanto en su taxonomía como en su estética. Y entonces ahí es básico lo pedagógico: compartir y enseñar a disfrutar lo aparentemente raro y ver como dialoga con lo supuestamente normal. Un desafío que además cuenta a favor con el factor sorpresa que supone a la hora de desafiar al espectador para implicarlo y que sea luego ya él quien, como en los rasca y gana, siga buscando.

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