De lo obsceno a lo pornográfico no hay más que un juego de miradas. Una forma de mirar, para ser más precisos. “Si espío a alguien que, por definición, no podrá jamás, ‘devolverme’ esta mirada, estoy confrontado a la obscenidad (¡es duro!). Si miro a alguien como si fuera un objeto y de repente vuelve sobre mí sus ‘ojos de objeto’ y me mira, estoy en una situación pornográfica, estoy en Hitchcock (¡es perverso!)”. De la obscenidad de Rossellini a la perversión de Hitchcock, decía Daney (1), toda la estrategia podría reducirse al movimiento del objeto que se sabe observado y que (nos) mira.

Pornografía sigue presentándose como un término confuso, basculante y mórbido, como la historia de la industria que lo emplazó a finales de los años 60 en nuestro imaginario colectivo. Utilizarlo más allá de los productos de clasificación X implica diversos problemas teóricos que el diccionario, como de costumbre, no resuelve. Según la RAE, pornografía es “el carácter obsceno de las obras literarias o artísticas” (¿literatura? ¿arte? ¿por ende todo lo pornográfico correspondería a una de estas dos categorías? ¿a las dos?). Acudamos a una segunda voz. Obsceno se define como “el adjetivo que califica lo impúdico, torpe y ofensivo al pudor”. Esta vez el término parece más pertinente o al menos sensible de parecerse a aquéllo que normalmente entendemos nosotros como pornográfico. Y me gusta pensarlo así, junto con el juego de miradas de Hitchcock y de Rosellini, con la mirada devuelta del objeto. Todo. Y también con lo impúdico, torpe y ofensivo al pudor.

Hace poco alguien me dijo que era incorrecto utilizar el término pornográfico para algo que estuviera al margen de la representación sexual. No podría utilizar entonces ese concepto que tanto gusta en lacasinegra del porno sentimental. Porno sí. De ese que practicamos cuando hablamos de nosotros. Para evitar, seguramente, llamarnos ególatras. Sin pudor, de la manera más obscena que sabemos. De la única. Contándolo y grabándolo todo. Sin límites entre lo personal, lo doloroso, lo público y lo que no le importa a nadie más. Conscientes, como la dama de Hitchcock (evocada en ese artículo de Daney bajo la forma de La ventana indiscreta), de que alguien nos está mirando.

Luego he vuelto a pensar en lo del sexo. Me refiero a la aplicación del término a los estrictos límites de la representación visual del coito. Y aquí nuevamente, la diferencia entre lo pornografiable y lo que no lo es puede generar auténticos conflictos.

Hace unos meses proyecté en una clase la primera secuencia de Batalla en el cielo. Un cuerpo escultórico y joven practica una felación a otro cuerpo más viejo, más gordo y más oscuro. El primero se mantiene luminoso, bello e incluso puede parecer que está frío. El segundo suda. Rezuma. Lo que a mí me pareció una imagen conmovedora hirió profundamente la sensibilidad de algunos de los estudiantes. Lo sublime para mí era pornográfico para otros. Después de darle muchas vueltas no puedo decir que no lo sea, ni siquiera echando mano de la RAE.

Quizá por casualidad (o no) en las mismas fechas en que se produjo este incidente el alcalde de París, Bertrand Delanoë, popularmente respetado por su carácter libertario (¿socialista?) prohibió la entrada de menores a la retrospectiva fotográfica de Larry Clark en el Musée d’art moderne de la Ville. Esta decisión provocó en Francia un profundo debate sobre la accesibilidad de los menores a contenidos sexuales. Ni en este caso ni en las múltiples discusiones que tuve en el seno de la academia alguien se planteaba prohibir o moderar la transimisión de textos como La celestina o El decamerón.

Poniendo punto y a parte al conflicto Larry Clark, sucedió una de esas maravillosas paradojas que a veces nos regala el sucedáneo estado de derecho en que vivimos. Mientras se prohibía la entrada de menores a la exposición el diario Libération (07/10/10) publicaba en su portada una de las fotografías de la polémica bajo el titular “Larry Clark censuré” (Larry Clark censurado). Así, cualquier adolescente que tenía prohibido el acceso a la retrospectiva podía ver parte de su obra colgada en cualquier kiosko.

Lo pornográfico se convertía en un concepto impredeciblemente maleable. El porno ha estado, desde la segunda mitad del siglo XX, relacionado con la industria (sea la del off Hollywood que acompañó a la revolución sexual en los sesenta, sea la entrañable industria del destape patrio). Lo pornográfico en este transcurso, ha pasado a formar parte de un imaginario colectivo, reconvertido ahora, de manera inevitable, por la irrupción de internet. Así hemos asistido del reinado de interviú a la casi desaparición de las revistas X en los kioskos de barrio. La industria porno-erótica ha sufrido una historia basculante en las últimas décadas, intrínsecamente ligada a la imagen que la sociedad quiere dar de sí misma en cada momento. Un reflejo histórico que se está resolviendo a base de políticas más mojigatas que correctas.

Hasta el momento aún no nos han acusado de pornografía (que se sepa), aunque seamos obscenos e impúdicos hasta la médula, aunque hablemos de nosotros y de lo que nos pasa en 85% de las veces. Quizá el día en que enseñemos a gente follando, aunque ya estemos hablando de otros, empezaremos a hacer porno del bueno, del de verdad.

Me gustaría terminar este post enseñando algunas cosas que rodamos la noche en que estrenamos La battle. Una noche en que una vez más terminamos hablando de nosotros y grabando algunos de los vídeos más pornográficos que hemos hecho hasta la fecha. Pero no creo que después de lo que acabo de decir estos se correspondieran con el título. Si quiera con la pornografía en un sentido amplio. No había nadie follando. Quizá tengamos que cambiar de estrategia.

 

(1) Daney,Serge. “Fenêtre sur cour” en Libération, 8 févier 1984. (mi traducción).

 

 

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Autor: Elena
Publicado en: anecdotario dossieres Observaciones proyectos

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