WikiLeaks nos ha enfrentado a la insoportable levedad de nuestro vocabulario político. Todos sabíamos que los sentidos figurados eran moneda corriente para la diplomacia occidental, pero pocos imaginaban que un sencillo ejercicio de literalidad pudiera pulverizar las más elementales nociones de libertad de expresión, separación de poderes o, lisa y llanamente, democracia. Desde el pasado 28 de noviembre, lo excepcional en el escaparate de la actualidad parecen los sentidos literales. También la coherencia entre lo que se piensa y lo que se dice, o entre lo que se dice y lo que se hace. La Historia ha confirmado así una vez más que lo revolucionario es decir la verdad, como nos advertía Antonio Gramsci desde la cárcel hace más de ochenta años.

El principal mensaje del Cablegate, sin embargo, no son los 250.000 documentos filtrados, por más que nos hayan deparado sorpresas de un valor ominosamente incalculable. El mensaje auténticamente revolucionario es el propio medio, las tecnologías que han hecho posible la filtración o, más exactamente, el nuevo canal de expresión que estas tecnologías ofrecen al profano en informática, es decir, al ciudadano medio. Éste es su principal efecto, el propiamente comunicativo, más allá de la inmediata polvareda mediática, en el medio o largo plazo de la perspectiva histórica.

Desde su nacimiento en 2006, WikiLeaks no es tanto una nueva ficha en el tablero como una nueva regla del juego. Una de las grandes reglas de la Web 2.0 que, al integrarse definitivamente en el mainstream, se consuma y da simultáneamente paso a algo nuevo. Baste de momento, no obstante, con asimilar los principales cambios que este arma de información masiva ha introducido en el turbulento presente continuo de nuestra actualidad.

El reciente descubrimiento de las mentiras políticas ha consagrado a WikiLeaks como un nuevo soporte para la réplica que, por si fuera poco, devuelve inesperadamente la política a su sentido más amplio y, al mismo tiempo, más literal: la intervención directa del ciudadano en los asuntos públicos. Al margen del soporte partidista o electoral, WikiLeaks nos ofrece un instrumento de democracia directa que, en contra de todas las acusaciones políticas, es perfectamente complementario de la democracia liberal. El portal fundado por Julian Assange permite una participación absolutamente libre y puntual de cualquiera que posea información relevante sobre un asunto de interés general. Esta participación es rigurosamente contrastada por los voluntarios de WikiLeaks, quienes a su vez suministran el resultado de su trabajo a la prensa generalista, quien finalmente dispone acerca de su elaboración como noticia. Pero es el ciudadano aislado, en su minoría absoluta, quien convoca en última instancia el debate sobre una cuestión de actualidad, y para ello recibe el apoyo del cuarto poder de los medios, único capaz de sacudir a los tres poderes restantes cuando empiezan a formar coágulo.

Alguien podría replicar, desde luego, que el lenguaje de las filtraciones existe desde que el mundo es mundo, y tendría toda la razón. Sin embargo, el ciudadano con información privilegiada no había contado nunca con un instrumento tan directo, seguro y riguroso para intervenir en la vida pública, para votar a favor o en contra de lo que hacen sus sedicentes representantes, y ello sin ver subsumido su voto en un simple apoyo o rechazo a todo un programa electoral. De alguna manera, esto produce una atomización de la democracia tal y como la conocemos, de sus tiempos y de sus mecanismos homogeneizadores, todo ello en beneficio de nuestra calidad de vida civil. La voz se ha sumado definitivamente al voto, y esta renovada libertad política es ante todo una libertad tecnológica. Es el nuevo medio el que permite un nuevo mensaje. No es WikiLeaks como persona jurídica ni Assange como persona física. Es el dominio www.wikileaks.org, multiplicado ahora en centenares de espejos, el que ha roto definitivamente la cuarta pared de la representación política para permitir a la ciudadanía una auténtica entrada en escena. Nuestra clase política se ha visto así sorprendida como los personajes buñuelianos de El discreto encanto de la burguesía que, en la intimidad de una lujosa cena, veían alzarse el telón para quedar impúdicamente expuestos ante el público de un teatro.

El engranaje encargado de alzar el telón no cuenta, en este caso, con piezas novedosas en sí mismas. Hackers, documentos clasificados, Internet y gargantas profundas son viejos conocidos de todos. A ellos se han sumado cinco de las más prestigiosas cabeceras occidentales: The New York Times, The Guardian, Le Monde, Der Spiegel y El País, cuya orientación mayoritaria de centro izquierda ha teñido esta vez la transparencia informativa de un cierto color político. La pieza mediática del engranaje reviste, en cualquier caso, todavía menor novedad que las anteriores. Es por lo tanto el impecable funcionamiento del conjunto, así como el inusitado volumen de su trabajo, lo que ha producido un salto cualitativo sin precedentes en nuestra vida pública. Todo ello mediante una palabra que, al cruzar el filtro de lo confidencial con lo público, ha devenido más rápidamente que nunca un hecho político. Porque es lo certero del trámite, su agilidad y su anonimato, lo que genera este nuevo lenguaje de acción. Sin necesidad de salir a la calle, desde la más absoluta intimidad doméstica, una voz civil tiene hoy más fuerza que nunca para transformar la llamada “cosa pública”. La performatividad descrita por J.L. Austin hace más de medio siglo adquiere así, en la malla virtual de nuestros días, su máxima expresión.

Por todo ello, hoy debemos empaparnos de las filtraciones y condenar las connivencias europeas con los vuelos secretos de la CIA y con Guantánamo; las viles mentiras de ministros y fiscales españoles a la familia Couso; el espionaje norteamericano a la cúpula de la ONU; y así un larguísimo etcétera. También hemos de apoyar a Assange y a sus colaboradores ante la persecución legal a que están siendo sometidos, así como ante las amenazas de muerte que han recibido obscenamente en algunos medios de comunicación. Sin embargo, todo esto tiene más de justicia individual o de agradecimiento personal que de auténtico debate político sobre las filtraciones, cuyo curso resulta afortunadamente irreversible. Es precisamente eso lo que debemos retener por encima de todo: el histórico precedente que WikiLeaks acaba de sentar y el nuevo medio que esto generaliza entre la ciudadanía para hacer cosas con palabras en el foro de la www.

Artículo escrito por Jean E. Ralbol

Documental sueco sobre Wikileaks

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Autor: admin
Publicado en: culturas libres dossieres

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